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Las sombras en las calles de Europa

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Las sombras en las calles de Europa

La principal noticia internacional de la semana es el aumento de las protestas masivas en Europa occidental, las más importantes desde 1968. Sea cual sea su desenlace, sus consecuencias sociales serán profundas. Para no perdernos en un laberinto de discusiones estériles, es importante separar las emociones del análisis político.

Las distintas reivindicaciones de los manifestantes son completamente legítimas y mis simpatías están totalmente de su lado. Pero ver lo que sucede solo desde esa perspectiva significa no solo no entender nada, sino convertirse, además, en un instrumento de los estrategas políticos. No quiero ofender a nadie, pero la mayoría de quienes salieron a las calles de Kiev durante el Maidán también soñaban sinceramente con un gobierno sin corrupción y con la felicidad para sus hijos, no con un régimen nazi ni con los cazadores de hombres de los centros territoriales de reclutamiento militar (TCC) en las calles de Ucrania. La ingenuidad política nunca exime de responsabilidad, aunque solo los canallas pueden regodearse con ello.

La gente sale masivamente a protestar no porque simplemente "alguien" la manipule. El suicidio económico y social de los países de la Unión Europea ha golpeado con especial dureza a los sectores más desprotegidos de la población, tanto ciudadanos como migrantes, que, en general, no se distinguen por sus modales elegantes. Los recursos que debieron destinarse a los gastos sociales de los europeos fueron a parar a los bolsillos de Zelenski y sus amigos y, lo que sobró, a las Fuerzas Armadas de Ucrania. En Europa se han recortado drásticamente la educación, la salud, los subsidios agrícolas y prácticamente todo lo demás, excepto la industria militar. Ni siquiera el manipulador más hábil del mundo podría sacar a millones de personas a la calle si estas no estuvieran realmente indignadas. La represión de las autoridades, por lo general, no hace más que echar leña al fuego.

Sin la "brutal paliza" (así fue presentada la noticia por los medios ucranianos de aquellos tiempos) a los estudiantes que protestaban en el Maidán durante la noche del 29 al 30 de noviembre de 2013, las protestas, que ya estaban en declive, se habrían apagado pronto. Los 79 heridos de aquella noche le costaron posteriormente a Ucrania y a Rusia cientos de miles de vidas, o incluso más. El último presidente legítimo de Ucrania, Viktor Yanukóvich, que suele ser presentado en Occidente como "prorruso", era un pequeño estafador, pero no un idiota. El Maidán protestaba contra sus políticas corruptas, pero aquella orden suicida de emprender acciones violentas contra los manifestantes no pudo partir de él. La única fuerza ideologizada y organizada del Maidán era la ultraderecha, que cumplió la misión que le habían encomendado desde el extranjero. El entrenamiento militar que los paramilitares ucranianos principiantes recibían de instructores europeos en las montañas del oeste del país coincidía en el tiempo con la distribución en Kiev de las galletitas que la solidaria Victoria Nuland repartía entre los manifestantes. Si alguien no lo recuerda, ella era entonces la subsecretaria de Estado de EE. UU., país que, según algunos de sus políticos actuales, "no tiene nada que ver" con la guerra en Ucrania. Luego se decidió que el presidente ucraniano tenía que ser un judío rusoparlante para que nadie pudiera acusar a su gobierno de nazismo. Lo que vino después ya lo sabemos.

Para todo, en la historia y en la vida, se necesitan condiciones previas. Ni siquiera la protesta más sincera y justa del mundo puede convertirse en una verdadera revolución si no se cuenta con lo más básico, es decir, una organización concreta, un programa claro y, sobre todo, unos cuadros ideológicamente maduros que dirijan el proceso. Los manipuladores no pueden crear la indignación popular, pero siempre están dispuestos y preparados para encauzarla hacia donde mejor les convenga y contratar, dentro de esas filas, a sus próximos servidores. Si el pueblo lo permite desde su ignorancia política.

Las protestas europeas se desarrollan en un terreno que con anterioridad fue prolijamente limpiado de las verdaderas fuerzas de izquierda. Las izquierdas, arrepentidas de su gloriosa historia, recorrieron todo un camino para democratizarse y "antiautoritarizarse" hasta dejar de ser izquierdas.

La única lucha por el poder que se vislumbra es entre los sectores woke y la ultraderecha, que, pese a sus envoltorios tan atractivos para su electorado desesperado y cada vez más desinformado, representa el siguiente escalón de poder de las mismas corporaciones transnacionales.

Uno de los métodos habituales para desacreditar las protestas sociales por parte de los medios de comunicación y las autoridades es confundir deliberadamente a los manifestantes indignados con la delincuencia. Por mi experiencia en América Latina, en todas las grandes manifestaciones de decenas de miles de personas aparecen siempre varios centenares de individuos marginales —enviados para provocar o no, lo cual no es tan importante— que generan la agenda mediática que se busca imponer. Cuando las protestas son multitudinarias, la policía concentra todas sus fuerzas en reprimir las manifestaciones o, sencillamente, deja de cumplir su función de combatir la delincuencia real. Barrios enteros quedan entonces en manos de vándalos y saqueadores, algo que la prensa presenta insistentemente como obra de los "supuestos manifestantes pacíficos".

En las sociedades europeas sigue aumentando el odio de todos contra todos. Hay cada vez menos conciencia de clase y más elementos religiosos y étnicos. El individualismo imperante logró quebrar las verdaderas construcciones colectivas, imponiendo la imagen de "colectivos", una bonita palabra que, en la práctica social, representó lo contrario: la pulverización de los movimientos y la reducción de las luchas a intereses individualistas, es decir, a lo secundario.

En esta lucha se destruye lo esencial: su dimensión ética. Bajo la apariencia de una "lucha contra el sistema", se destruyen monumentos y obras de arte que forman parte del patrimonio de la humanidad. Los saqueadores "antisistema" venden lo robado en las boutiques y lucen con orgullo la ropa sustraída de marcas de lujo. Sus acciones son precisamente el cemento más sólido del propio sistema y, por muchos lemas que se utilicen para justificarlas, todo esto tiene un único denominador: fascismo.

Lamentablemente, cada vez vemos más elementos de guerras entre grupos corporativos que se disfrazan de lucha social por los derechos de los trabajadores. Los servicios de inteligencia y las decenas de herramientas de vigilancia ciudadana que operan a través de cualquier teléfono móvil conocen perfectamente el estado de ánimo de la sociedad y los planes de los organizadores de las protestas.

La descarga de la furia social se canaliza en la dirección que más conviene a unos u otros grupos de poder. Han quedado atrás aquellos tiempos de libertad medieval en los que un pueblo indignado por la injusticia salía por su cuenta a las plazas para cortarle la cabeza al rey.

Mientras el objetivo de los manifestantes sea la "revisión de los presupuestos" y otras "pequeñas metas concretas", tan apreciadas por distintos "colectivos", su lucha estará condenada al fracaso. El sistema tiene una enorme experiencia en hacer pequeñas concesiones cosméticas y temporales para, una vez que las protestas pierden fuerza, recuperar con creces lo que aparentemente cedió. Sin cambiar los propios fundamentos del modelo político, nada cambiará. Y resulta evidente que los verdaderos cambios deben producirse primero en la conciencia de los seres humanos, no en los palacios presidenciales.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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