"…El padre ama a su hijo; la madre, a su hijo; los hijos aman a sus padres, pero ¿qué significa esto? También los animales quieren a sus hijos. Pertenecerse por el parentesco del alma, no por el de la sangre; he aquí lo que el hombre solamente puede hacer. Por todas partes se encuentran compañeros, pero como en tierra rusa, ninguno. A muchos de ustedes les ha sucedido tener que ir a tierras extrañas. Allí también hay hombres, también hay hijos de Dios, y los han tratado como si hubieran sido sus compañeros; pero, cuando han tenido que dar ancho campo a los sentimientos de su corazón, aquellos hombres no han satisfecho completamente las esperanzas que abrigaban: eran hombres, pero no como sus compatriotas. No, hermanos míos: amar como ama un corazón ruso, no solamente con el espíritu, sino con toda la fuerza que Dios ha puesto en nuestro ser… Ah —dijo Tarás, moviendo su encanecida cabeza—, eso no es dado a nadie… Que sepan todos, por lo tanto, lo que significa la fraternidad en tierra rusa. Si llega el momento de caer, ninguno caerá como nosotros. Que sepan todos, pues, lo que significa en Rusia la fraternidad. Y si ha llegado el momento de morir, ciertamente que ninguno de ellos, ¡ninguno!, morirá como nosotros. Esto no es dado a su naturaleza de ratón…"
Creo que todos los que fuimos escolares en la Unión Soviética, integrada por Rusia, Ucrania y muchísimas más repúblicas, y no solo en el sentido territorial, recordaremos estas líneas de la novela 'Tarás Bulba', del gran escritor ruso Nikolái Gógol. En el programa de estudios nos hacían aprender de memoria esta parte del libro y, cuando la declamábamos, algo en uno, de un modo muy especial, hacía palpitar nuestros pequeños corazones.
Esta novela se sigue estudiando como parte obligatoria del programa escolar de literatura en Rusia y en otros países de la ex URSS. En Ucrania este libro fue sacado de las escuelas como parte de la "narrativa imperial de Moscú", después de varios infructuosos intentos de convertir al escritor ruso Gógol en "ucraniano", ya que vivió y escribió en el siglo XIX en territorios que, en el siglo XX, llegaron a pertenecer a Ucrania. Es una bella historia sobre Tarás Bulba, un viejo guerrero cosaco, y sus hijos, Ostap y Andriy, en medio de conflictos entre los cosacos y la nobleza polaca, que durante los siglos XVI y XVII pretendía conquistar las tierras rusas. Tras terminar sus estudios, los dos jóvenes se unen a los cosacos por decisión de su padre, quien cree que el verdadero valor del hombre se demuestra en la guerra. Sin embargo, sus destinos son muy distintos: Ostap permanece fiel a su pueblo, mientras que Andriy se enamora de una joven polaca y traiciona a los suyos. Tarás personalmente atrapa y mata a Andriy por su traición. Más tarde, Ostap es capturado y ejecutado por los polacos. Tarás continúa luchando hasta que finalmente es capturado y ejecutado.
Los dramáticos acontecimientos de la novela se desarrollan alrededor de la 'Sech de Zaporozhie', transcrita del ruso, o 'Sich de Zaporizhzhia', del ucraniano. En la 'Sech' o 'Sich', que significa fortificación de madera cortada, se localizaba el centro militar fortificado y el estado autónomo de los cosacos, en tiempos en que los habitantes de ese territorio hablaban un idioma que era una mezcla de ambos (ucraniano y ruso), y el libro de 1842 lo comprueba; pero se consideraban rusos y fueron defensores de las tierras rusas frente a los polacos, que se consideraban la vanguardia del mundo occidental en el este y pretendían adueñarse de las riquezas de un país al que, al igual que hoy, consideraban "salvaje" y "atrasado".
Ahora el nombre de la región de Zaporozhie (o Zaporizhzhia, como nos corrigen los mapas del "mundo civilizado") suena en las noticias por la dramática situación de la central nuclear de Zaporozhie (que, como está bajo el control ruso, se escribe correctamente así), la más grande de Europa y que permanece bajo constantes ataques de drones y artillería ucranianos.
Extrañamente, el origen de la central en ese lugar tiene relación con la historia de la antigua república de los cosacos. 'Zaporozhie' en ruso quiere decir "más allá de los rápidos". Una de las principales razones por las que el estado militar cosaco se ubicó ahí fueron los rápidos del río Dniéper en esa zona, que dificultaban la navegación y servían como una perfecta protección natural. Mucho después, en la década de 1930, dentro del ambicioso y necesario proyecto de electrificación de la Unión Soviética, en ese lugar se construyó la Central Hidroeléctrica del Dniéper (DneproGUES), que creó un gran embalse, inundando para siempre los rápidos. Y como ese embalse, formado por varias presas, proporcionaba una reserva estable de mucha agua disponible para la refrigeración de los reactores atómicos, allí, en 1980, se decidió construir la Central Nuclear de Zaporozhie, otra gran obra de ingeniería y ciencia de la época.
Igual que la Sech de Zaporozhie, en la memoria histórica lejana, primero el DneproGUES y luego la Central Nuclear de Zaporozhie, durante décadas, fueron uno de los principales orgullos de la Ucrania Soviética, y en su construcción y puesta en marcha trabajó, obviamente, todo aquel gran país, sin divisiones entre rusos, ucranianos ni nadie más.
Se construía el progreso y un futuro para todos. Lo más seguro es que a ninguno de sus constructores se le pudiera ocurrir la pesadilla que esta región viviría en nuestros días. Decir ahora que estas páginas de nuestro pasado son "narrativas imperiales" es, por decirlo de una manera muy suave, negarle a Ucrania su verdadera historia.
El asesinato, por un dron ucraniano, del director técnico de la Central Nuclear de Zaporozhie, Aleksandr Yákovlev, y de su chofer, Dmitri Filippov, en su vehículo de servicio cerca de la Central, entre la planta y la ciudad de Energodar, el 15 de julio de este año, fue una noticia que pasó casi inadvertida para el mundo.
El Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) condenó la muerte del ingeniero y reiteró que deben cesar los ataques contra instalaciones nucleares y su personal, pero, como de costumbre, frente a todas las evidencias, no se atribuyó a nadie la responsabilidad del ataque. Ucrania, oficialmente, no pronunció ni una sola palabra.
Energodar, la ciudad satélite de la Central, construida especialmente para sus trabajadores y familias, lugar donde trabajaron y se quedaron a vivir varios destacados especialistas de toda la URSS, desde hace varios años se encuentra bajo el permanente fuego ucraniano. Los habitantes locales cuentan que los drones, en los últimos meses, han quemado casi todos los carros de bomberos y camiones para apagar incendios de Energodar y, por tal motivo, en caso de un incendio en la Central, casi no queda transporte para auxiliarla y combatirlo. Los ataques contra las instalaciones de la Central Nuclear de Zaporozhie también son muy frecuentes. La corporación estatal rusa de energía atómica Rosatom afirma que, solo en los dos meses y medio previos al 15 de julio de 2026, los ataques en la zona habían causado 13 muertos y 48 heridos. En lo que va de 2026, en la Central y sus instalaciones se han registrado seis grandes incidentes producto de estos ataques. Durante los últimos años, el OIEA mantiene en el lugar una misión permanente para supervisar las condiciones de seguridad nuclear, pero, aunque siempre condena las agresiones, nunca se ha atrevido a nombrar su fuente ni a señalar la responsabilidad evidente. Es algo similar a lo que pasó con todo el "mundo civilizado" que, a partir de 2014, no supo ver ni a los nazis desfilando por las calles de Kiev ni a los miles de civiles muertos en Donbás, que todavía tenían la ilusión de ser parte de Ucrania, y solo se negó a reconocer un gobierno golpista y rusófobo.
En un lugar donde la memoria de la tragedia de Chernóbyl todavía está fresca y cercana, atacar a la Central Nuclear más grande de Europa no es simplemente una estupidez, irresponsabilidad o locura: es un plan de chantaje. Está absolutamente claro que estas decisiones no se toman en Kiev. Esta guerra contra Rusia también es contra Ucrania y contra todo el territorio que guarda la historia de un gran país donde todos sus pueblos eran un solo pueblo que vencía al fascismo, enviaba al ser humano al espacio y construía el futuro con sus grandes maravillas científicas y tecnológicas. Es evidente también que, si se logra hacer explotar la Central de Zaporozhie, la catástrofe atómica sobrepasará con creces las fronteras de Ucrania y de Rusia.
Las centrales nucleares soviéticas de los años 70 y 80 se construyeron a prueba de ataques militares. Pero las tecnologías de nuestra autodestrucción en este medio siglo han avanzado mucho.
Además, parece que ahora no existe nada en el mundo que sea a prueba de la estupidez de los dirigentes de EE. UU. y de sus empleados de la UE.
El día que los niños de Zaporozhie vuelvan a leer en sus clases a "Tarás Bulba", no solo aprenderán la verdadera historia de su tierra, sino que también entenderán de qué peligro se salvaron.