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Elecciones de medio término: Trump es solo la punta del iceberg

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Elecciones de medio término: Trump es solo la punta del iceberg

Dice el refrán que "por la boca muere el pez" y Donald Trump lo ha vuelto a hacer. Durante la campaña de estas elecciones de medio término llegó a afirmar: "Voten como si yo estuviera en la papeleta". Para tras la debacle de los republicanos en la contienda electoral, se apresuró a recordar que él no figuraba en ninguna papeleta. De entrada, vemos una vez más las fanfarronadas a las que nos tiene acostumbrados el presidente.

Sin embargo, sería demasiado cómodo atribuirlo todo al personaje. Trump es apenas la punta de un iceberg bajo cuya superficie se acumulan contradicciones que atraviesan las estructuras políticas y la propia sociedad estadounidense. Así, estas elecciones han dejado al descubierto algunas de esas fracturas —que tampoco comenzaron con Trump ni desaparecerán necesariamente con él— en un país que sigue siendo la principal potencia del imperialismo mundial.

Uno de los primeros elementos que debemos observar es lo que está ocurriendo dentro de los dos grandes partidos estadounidenses. El mapa electoral se ha teñido de azul, con los demócratas recuperando ambas cámaras del Congreso y alcanzando también la mayoría de las gobernaciones estatales, después de conquistar bastiones republicanos como Texas. Sin embargo, los colores esconden una realidad bastante más compleja.

El bipartidismo estadounidense ha funcionado históricamente como una estructura de poder del Estado, mediante organizaciones cuya orientación ideológica ha variado a lo largo del tiempo, atravesadas por un sistema descentralizado de financiación electoral y por la influencia de los grandes intereses económicos. Las disputas por hacerse con el control de estas herramientas son parte de su propia historia. Donald Trump conquistó el Partido Republicano mediante una prolongada lucha interna que desplazó a buena parte de sus antiguos dirigentes. Ahora, tras una derrota que él mismo convirtió en plebiscito sobre su persona, cabe preguntarse si quienes perdieron aquella batalla no van a aprovechar la ocasión para intentar recuperar posiciones dentro de este partido.

Donald Trump conquistó el Partido Republicano mediante una prolongada lucha interna que desplazó a buena parte de sus antiguos dirigentes.

Entre los demócratas, las contradicciones adquieren otro carácter. La llegada de Barack Obama despertó enormes expectativas, especialmente por su dimensión simbólica para las minorías en un país construido sobre el genocidio de los pueblos indígenas y la esclavitud. Aquella promesa de renovación se desinfló entre intervenciones militares, cifras históricas de deportaciones y una reforma sanitaria que amplió la cobertura sin romper con la mercantilización de la salud. Durante su mandato se aceleró el cierre de hospitales rurales, especialmente en estados republicanos que rechazaron ampliar Medicaid. Paradójicamente, buena parte del descontento se dirigió contra los demócratas, favoreciendo el voto republicano en aquellas comunidades y contribuyendo al terreno electoral sobre el que se produjo la victoria de Trump en 2016. Después, Biden llegó a la Casa Blanca impulsado fundamentalmente por el rechazo a Trump, prometiendo también rectificar su política exterior. Sin embargo, nunca regresó al acuerdo nuclear con Irán, apenas recuperó parcialmente el acercamiento a Cuba y, después de anunciar el fin del apoyo estadounidense a la guerra en Yemen, terminó ordenando nuevos bombardeos sobre el país. Una vez más, las promesas de cambio chocaban con las continuidades de la política exterior estadounidense, mientras la posterior derrota de Kamala Harris evidenciaba las dificultades de los demócratas para recuperar las expectativas que habían despertado años atrás.

Así la disputa por el control del Partido Demócrata también ha sido protagonista de estas elecciones. La influencia del independiente Bernie Sanders abrió espacio a una corriente progresista que hoy encuentra una expresión más organizada en Democratic Socialists of America (DSA), que ha ampliado su presencia institucional y cuyo rostro más conocido es el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani.

Sin embargo, el azul que cubre el mapa admite tonalidades muy diferentes y, en ocasiones, contradictorias. En Texas, Bobby Pulido, que se define como "demócrata conservador", arrebató un escaño a los republicanos, mientras que, en Nuevo México, Deb Haaland, antigua secretaria del Interior de Biden, se convirtió en la primera mujer nativa americana elegida gobernadora de un estado estadounidense. Por su parte, en Minnesota, la congresista de origen somalí Ilhan Omar, defensora de abolir ICE y firme crítica del apoyo militar a Israel, consiguió la reelección con más del 76 % de los votos.

La heterogeneidad del Partido Demócrata también se ha manifestado en disputas abiertas en estos comicios. En Michigan, Abdul El-Sayed, defensor de la sanidad universal y crítico con el apoyo militar a Israel, derrotó en las primarias a Haley Stevens, respaldada por sectores del aparato demócrata. La disputa, atravesada por la intervención de grandes financiadores y grupos de presión proisraelíes, llegó al extremo de que Stevens terminara respaldando públicamente al candidato republicano Mike Rogers, finalmente derrotado por El-Sayed. El episodio deja al descubierto una lucha por el control del Partido Demócrata en la que se entrecruzan las diferencias sobre política exterior y el peso de los grandes intereses económicos en la financiación de las campañas electorales. Y aunque la dimensión simbólica de algunas de estas victorias sigue teniendo un peso indudable en un país atravesado por el racismo estructural, la identidad o el origen de sus protagonistas no determina por sí mismo una posición ideológica uniforme.

La inflación y la carestía de la vida han protagonizado una campaña en la que también han ocupado un lugar destacado la educación pública y una sanidad cuya mercantilización continúa condenando al endeudamiento a millones de familias.

El segundo elemento oculto bajo la superficie del iceberg es el propio pueblo estadounidense, con sus preocupaciones y contradicciones. En las redes sociales circulaban imágenes de los festejos por la victoria demócrata en Texas, donde algunos migrantes hablaban de un "respiro", conscientes de que las elecciones difícilmente supondrán un cambio estructural. Las redadas de ICE y el recrudecimiento de la violencia contra las comunidades migrantes han extendido el miedo entre amplios sectores de la población. Mientras tanto, la inflación y la carestía de la vida han protagonizado una campaña en la que también han ocupado un lugar destacado la educación pública y una sanidad cuya mercantilización continúa condenando al endeudamiento a millones de familias.

Estas preocupaciones domésticas se entrelazan con una política exterior cuyas consecuencias comienzan a sentirse directamente en los bolsillos estadounidenses. La guerra contra Irán es profundamente impopular, mientras las movilizaciones contra el genocidio en Gaza han contribuido a cuestionar el papel de Washington en la financiación de Israel. También se multiplican las controversias sobre América Latina, desde la legalidad de la agresión militar contra Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores hasta el recrudecimiento del cerco medieval contra Cuba.

Mientras tanto, la protesta social sigue extendiéndose por Estados Unidos. Las movilizaciones de No Kings han reunido a millones de personas en miles de localidades, incluidas zonas de tradición republicana. La resistencia contra ICE en Minnesota dio paso a una jornada nacional de huelgas, paros y protestas que alcanzó numerosos estados, mientras el Primero de Mayo volvió a reunir reivindicaciones laborales y rechazo a las políticas migratorias. También han protagonizado grandes huelgas los trabajadores sanitarios, con más de 15.000 enfermeras movilizadas en Nueva York y otras 31.000 en California y Hawái, evidenciando el malestar por las condiciones laborales y la gestión de la sanidad.

A estas luchas se suman las movilizaciones estudiantiles por Palestina y contra la guerra en Irán, así como las concentraciones frente a la prisión de Brooklyn donde permanecen Nicolás Maduro y Cilia Flores. Protestas de naturaleza y alcance diferentes que muestran una sociedad cada vez más atravesada por controversias políticas y sociales, cuya capacidad de organización puede adquirir mayor protagonismo conforme se profundicen las contradicciones del propio sistema estadounidense.

El escenario que se abre no será sencillo de gestionar. Trump ya advirtió que, si perdía el control del Congreso, se convertiría en "Mr. Veto", mientras las nuevas mayorías demócratas podrán reabrir investigaciones sobre su gestión, posibles casos de corrupción o el escándalo Epstein. Incluso podría plantearse un nuevo 'impeachment', aunque las divisiones internas de los demócratas dificultan alcanzar acuerdos al respecto. El enfrentamiento entre la Casa Blanca y el Congreso también amenaza con complicar la aprobación de los presupuestos y provocar nuevos bloqueos institucionales.

Las urnas han alterado el equilibrio institucional, pero las fracturas que afloran van mucho más allá de los resultados electorales. Queda por ver hasta dónde llegarán estas disputas en un país cuyo poder económico y militar sigue proyectándose sobre el mundo. Lo que empieza a ampliarse es el terreno de lo políticamente posible, y su alcance dependerá también de la capacidad de organización de quienes hoy se movilizan. Porque, bajo el espectáculo de Trump y las disputas del Capitolio, hay una sociedad cuyas contradicciones apenas comienzan a salir a la superficie.

Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de RT.

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