
Opinión
Opinión
Carmen Parejo Rendón
Escritora y analista en distintos medios audiovisuales y escritos. Directora del medio digital
Revista La Comuna. Colaboradora en Hispan TV y Telesur. Enfocada en el estudio y análisis de
la realidad latinoamericana y de Asia Occidental.

Queda ahora por comprobar hasta qué punto esta victoria permitirá avanzar en las transformaciones sociales pendientes y recuperar una unidad latinoamericana cuya ausencia se ha vuelto cada vez más peligrosa.

Buscar una teoría conspirativa para explicar una realidad material tan evidente se antoja tan ridículo como peligroso.

La expansión de las economías coloniales, particularmente de las plantaciones destinadas a producir mercancías para los mercados europeos, generó una demanda creciente de trabajo esclavizado que contribuyó a transformar extensas regiones africanas.

La cultura termina contando una y otra vez aquello que una sociedad todavía no ha conseguido resolver.

Después de años en los que buena parte del malestar fue canalizado hacia conflictos identitarios, se abre un escenario más incómodo.

La crisis no cayó desde el exterior: es también resultado de una forma de expansión de sus capitales que terminó entrando en contradicción con las condiciones internacionales que la habían hecho posible.

La cuestión no es únicamente cuánto interviene el Estado, sino en beneficio de qué actividades, bajo qué formas de propiedad y con qué consecuencias para la clase trabajadora.

El centro capitalista pretende blindarse frente a las consecuencias de un mundo desigual mientras continúa protagonizando guerras.

España y la Unión Europea han delegado durante años en Rabat una parte sustancial del control migratorio, otorgándole con ello una evidente capacidad de presión.

Más allá de sus devastadoras consecuencias humanitarias, estamos ante un conflicto de carácter político, y cualquier solución pasa necesariamente por comprender cómo se construyó.

Una política que actuó sobre una lucha de clases internacionalizada y modificó su correlación de fuerzas recibió un nombre tan hipócrita como diplomáticamente impecable.

La estabilidad del Majzén y su papel regional han tenido durante décadas un valor estratégico para las potencias occidentales.