¡Que coman pasteles! Europa y el estallido social

Carmen Parejo Rendón

Primero fueron las deslocalizaciones, con el único fin de garantizar las tasas de ganancia de los grandes monopolios; después, las privatizaciones, y a partir de la crisis económica de 2008, los planes de ajuste, el cerco al gasto social del Estado, más privatizaciones y pérdida de derechos. En síntesis, se aplicaban en Europa las mismas políticas que el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial habían impuesto a los que llamaron "países en desarrollo" para evitar, precisamente, su propio desarrollo.

Por si esto fuera poco, las guerras para asegurar el expolio internacional no solo continuaban, sino que se multiplicaban, al igual que la guerra por otros medios, a través de sanciones y conflictos arancelarios. Afganistán, Irak, Siria, Libia, procesos de 'lawfare' (guerra jurídica) en América Latina, golpes duros y golpes blandos. Cada uno de estos escenarios tiene su propia historia, pero un trasfondo compartido: evitar el reparto de las riquezas del mundo y seguir concentrándolas en muy pocas manos. Porque esta historia va de acumulación y de su contraparte, la desposesión.

Ee aplicaban en Europa las mismas políticas que el FMI y el Banco Mundial habían impuesto a los que llamaron "países en desarrollo" para evitar, precisamente, su propio desarrollo.

En solo catorce años, entre 2010 y 2024, el patrimonio de las 500 mayores fortunas de Francia pasó de equivaler el 12 % al 42 % de su PIB anual, según manifestó el economista Gabriel Zucman ante la Asamblea Nacional francesa.

En el caso español, vemos cómo conviven unos datos macroeconómicos en alza —el Banco de España prevé que el PIB crezca un 2,6 % en 2026— con una creciente precariedad laboral, social y habitacional. Muchos, con razón, se preguntan: ¿dónde está el dinero, si no está llegando al pueblo?

Protestas globales

Y las protestas salpican Europa y el mundo. El 17 de octubre, entre 550.000 y 800.000 personas se manifestaron en Francia, según el Gobierno y los organizadores, tras semanas de movilización estudiantil, junto a trabajadores y chalecos amarillos.

En Bélgica, decenas de miles de personas protestaron contra los ajustes del Gobierno. En España y Portugal, la vivienda ha llevado a miles a las calles; en Italia, se suceden huelgas y manifestaciones. Fuera de Europa, en Marruecos la juventud denuncia el deterioro de los servicios públicos y la falta de oportunidades; en India, organizaciones juveniles se movilizan contra exclusiones electorales. Las reivindicaciones difieren, pero hay un nexo: la carestía de la vida y un futuro cada vez más incierto.

El pueblo, más allá de fronteras, está cansado de vivir y malvivir para la riqueza de unos pocos. Especialmente una juventud que, incluso trabajando y formándose, ve alejarse la posibilidad de acceder a una vivienda, independizarse o construir un proyecto de vida.

Además, hay otra imagen compartida que se ha convertido en un símbolo de época: las banderas de Palestina, presentes en movilizaciones de distintos continentes. Palestina ya no es solo una causa de solidaridad internacional ante un genocidio, sino que simboliza una bandera que une las luchas de distintos pueblos. Una bandera que permite reconocer, más allá de las enormes diferencias entre unas experiencias y otras, un rechazo a un orden mundial basado en el expolio, la guerra, la concentración del poder y las riquezas.

Algunos han tratado, para variar, de distraernos, intentando "explicar" todo desde esa conspiración ridícula, tan en auge gracias al sensacionalismo mediático y las redes sociales. Unos tratan directamente de dividir a la clase trabajadora que protesta, señalando a los inmigrantes como responsables. ¿Responsables de qué, exactamente? ¿De protestar por unas condiciones de vida indignas mientras los ricos son cada vez más ricos y se multiplican las guerras para garantizar este modo de vida en el futuro?

Algunos medios españoles de orientación atlantista han vuelto a agitar la supuesta sombra del Kremlin sobre las protestas.

Otros, tratando de ser menos burdos, buscan la explicación en potencias extranjeras. Algunos medios españoles de orientación atlantista han vuelto a agitar la supuesta sombra del Kremlin sobre las protestas, como si el descontento popular necesitara una mano oculta. Esa búsqueda de conspiraciones, una vez más, sirve como un elemento de distracción ante preguntas urgentes: ¿cómo es posible que nos repitan que no hay dinero para gasto social y que van a seguir recortando y privatizando —como ocurre con la educación o las pensiones—, mientras Europa vive un rearme multimillonario, que alimenta escenarios de confrontación militar?

Buscar una teoría conspirativa para explicar una realidad material tan evidente se antoja tan ridículo como peligroso. La desconexión entre la clase política y el pueblo alcanza tal extremo que, en medio del estallido social, prevalecen la represión y las restricciones de las libertades civiles, como muestran los toques de queda y las prohibiciones de manifestaciones nocturnas en Francia. La violencia represiva y su conversión en un espectáculo de caos favorecen que el debate público se aleje de la emergencia social que está sobre la mesa. Nos hablan de "inestabilidad", de la necesidad de "recuperar el orden", mientras las causas que han llevado a miles de personas a las calles siguen sin atenderse. Así, para muchos, la estabilidad que algunos reclaman puede dar más miedo que un caos incierto.

Durante décadas se ha legislado para que el mercado, lejos de regularse solo, siga enriqueciendo a unos pocos, mientras se exigen renuncias y sacrificios a las mayorías. La célebre frase popularmente atribuida a María Antonieta: "Si no tienen pan, que coman pasteles", resume como pocas esa profunda desconexión entre quienes gobiernan y las condiciones de vida de la población. Una imagen histórica que conserva toda su vigencia y que nos recuerda que la distancia entre las necesidades del pueblo y las prioridades de sus gobernantes puede tener consecuencias. La historia de Francia lo explica bien.

Escribía el poeta León Felipe en 'Sé todos los cuentos':

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.

Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.

Quizás la explicación de estos estallidos, que pese a sus distintas expresiones forman parte de un mismo malestar, sea mucho más sencilla que todos los relatos con los que pretenden distraernos. Los pueblos están cansados de escuchar cuentos mientras los ricos son cada vez más ricos y sus propias condiciones de vida se deterioran. Porque, por mucho que se empeñen en buscar explicaciones donde no las hay, la paz y el pan siguen siendo, objetivamente, los grandes motores de la movilización social.