"Condenadme, no importa. La historia me absolverá". Con estas palabras terminó Fidel Castro su alegato de defensa tras el asalto al cuartel Moncada. Pronunciadas en octubre de 1953, cuando la acción emprendida unos meses antes parecía haber terminado en una derrota, aquellas palabras expresaban una certeza difícil de sostener ante el mundo de entonces y, sin embargo, una extraña invitación al optimismo.
En 1953, Francia libraba una guerra en Indochina contra las fuerzas del Viet Minh, mientras Gran Bretaña combatía movimientos anticoloniales en distintos puntos de su imperio. Todavía faltaban dos años para que la Conferencia de Bandung reuniera a numerosos países de Asia y África y diera forma política a un mundo que comenzaba a reclamar una voz propia frente a las antiguas potencias coloniales.
La Unión Soviética atravesaba también un momento decisivo. Stalin había muerto en marzo de aquel mismo año y se abría una etapa de incertidumbre sobre el rumbo del primer Estado de obreros y campesinos. Apenas un día después del asalto al Moncada, el 27 de julio de 1953, terminaba la guerra de Corea, dejando tras de sí un territorio devastado y una península dividida hasta nuestros días. Unas semanas más tarde, la CIA estadounidense y el MI6 británico derrocaban al Gobierno iraní de Mohammad Mossadegh, que había osado nacionalizar el petróleo de su país.
En septiembre, Estados Unidos y la dictadura franquista firmaron los Pactos de Madrid, que permitieron la instalación de bases militares estadounidenses en España y consolidaron al régimen como aliado estratégico de Washington. Terminaba así de caer la careta antifascista de la posguerra: apenas ocho años después de la derrota del Eje, una dictadura nacida de la victoria del fascismo era rehabilitada como centinela del Occidente anticomunista.
En América Latina, Washington preparaba ya el terreno para el golpe de Estado contra Jacobo Árbenz en Guatemala, cuya reforma agraria afectaba, entre otros grandes propietarios, a los intereses de la United Fruit Company.
El 26 de julio de 1953, un grupo encabezado por Fidel Castro asaltó el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, mientras otra columna atacaba el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo
En Cuba, Fulgencio Batista había tomado el poder mediante un golpe de Estado un año antes, clausurando la vía constitucional y consolidando un régimen estrechamente vinculado a los intereses estadounidenses en la isla.
En aquel escenario, tampoco parecía haber demasiados motivos para pensar que un pequeño grupo de jóvenes pudiera cambiar el curso de los acontecimientos. Y, sin embargo, así fue.
El 26 de julio de 1953, un grupo encabezado por Fidel Castro asaltó el cuartel Moncada, en Santiago de Cuba, mientras otra columna atacaba el cuartel Carlos Manuel de Céspedes, en Bayamo. El objetivo era golpear a la dictadura de Batista y abrir el camino a una insurrección. La operación fracasó. Muchos de los participantes fueron capturados y asesinados, entre ellos Abel Santamaría; otros, como Fidel, Haydée Santamaría y Melba Hernández, terminaron en prisión.
Tras la amnistía de 1955, los supervivientes del Moncada confluyeron con los militantes que habían sostenido la organización desde la clandestinidad y con nuevos grupos que se incorporaban a la lucha. De aquella confluencia nació el Movimiento 26 de Julio, que tomó como nombre la fecha de la derrota inicial y comenzó a preparar una nueva etapa de enfrentamiento contra la dictadura.
La persecución desatada por la dictadura obligó a Fidel a exiliarse en México, donde organizó el regreso armado junto a Raúl Castro y otros revolucionarios. Allí se incorporaron al proyecto, entre otros, Ernesto 'Che' Guevara y Camilo Cienfuegos. Mientras tanto, dentro de Cuba se fortalecía la estructura clandestina del Movimiento 26 de Julio. Frank País dirigía la organización de la lucha urbana y articulaba el apoyo del llano a la guerrilla; Haydée Santamaría participaba en la dirección clandestina y en la obtención de recursos y armas; y Celia Sánchez organizaba en Oriente las redes campesinas, logísticas y de enlace que resultarían decisivas para recibir a los expedicionarios del Granma y sostener después a los combatientes de la Sierra Maestra.
Hubo reveses, asesinatos, huelgas fallidas y momentos en los que la guerrilla estuvo cerca de desaparecer.
En diciembre de 1956, los expedicionarios del Granma desembarcaron en la isla consiguiendo establecer un núcleo guerrillero en la Sierra Maestra. Desde entonces, la lucha contra Batista se desarrolló simultáneamente en las montañas y en las ciudades.
Nada hacía inevitable la victoria. Hubo reveses, asesinatos, huelgas fallidas y momentos en los que la guerrilla estuvo cerca de desaparecer. Frank País fue asesinado en 1957 y numerosos militantes pagaron con su vida la actividad clandestina. Sin embargo, durante 1958 el Ejército Rebelde consiguió resistir la gran ofensiva de Batista y pasar al ataque. Las columnas revolucionarias avanzaron hacia el centro del país mientras el régimen comenzaba a desmoronarse.
En la madrugada del 1 de enero de 1959, Batista huyó de Cuba.
Revolución naciente
Habían pasado poco más de cinco años desde el asalto al Moncada. Un fracaso militar había terminado dando nombre al movimiento que derribó a la dictadura. Pero lo que comenzaba entonces iba mucho más allá de un simple cambio de gobierno.
La Revolución Cubana nacía y lo hacía entre victorias y derrotas, avances y retrocesos, sacrificios y una profunda conexión con la propia historia de Cuba. También desde la capacidad de comprender los tiempos, de saber cuándo avanzar y cuándo resistir y, sobre todo, de no confundir nunca derrotas puntuales con el final de la historia.
El triunfo de enero de 1959 cambiaría para siempre la historia de la isla, pero también la de América Latina y, en buena medida, la del mundo. Cuba demostró que el destino aparentemente reservado a los pequeños países de la periferia podía ser desafiado. Su Revolución se convirtió en referencia para movimientos de liberación mucho más allá de sus fronteras y abrió, a apenas noventa millas de Estados Unidos, una grieta que más de seis décadas después continúa abierta.
Han pasado 73 años desde aquel asalto al Moncada y la Cuba revolucionaria atraviesa de nuevo uno de los momentos más difíciles de su historia. Estados Unidos ha llevado hasta extremos todavía mayores el bloqueo impuesto durante más de sesenta años, incorporando nuevas sanciones y una presión sobre el suministro energético que ha agravado dramáticamente las condiciones de vida en la isla.
Pero lo que ocurre en Cuba no puede leerse de forma aislada. En enero de este mismo año, Estados Unidos atacó Venezuela y secuestró a su presidente, Nicolás Maduro, y a Cilia Flores. En febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron una gran ofensiva contra Irán en la que fue asesinado el líder supremo de la República Islámica, Ali Jameneí.
Cuando escribimos estas líneas, los bombardeos estadounidenses sobre territorio iraní continúan; también persisten los ataques en Líbano, mientras el genocidio en Gaza se cronifica después de más de dos años.
La violencia desplegada en distintos rincones del mundo —y también dentro de las propias fronteras de Estados Unidos— puede devolvernos la imagen de un tiempo cerrado y oscuro. Pero no puede ocultar una realidad elemental: nada está definitivamente escrito.
Quizá esa sea una de las grandes enseñanzas que todavía nos deja el Moncada. Una derrota no tiene por qué ser el final. Puede ser también un comienzo. En julio de 1953, el horizonte parecía igualmente cerrado: los imperios parecían sólidos, las derrotas se acumulaban y las posibilidades de transformación podían parecer remotas. Y, sin embargo, poco después aquel mundo comenzó a cambiar de una manera que pocos habían sabido prever.
No olvidemos que la historia, al final, como supo ver Fidel, acaba dando la razón a quienes están dispuestos a luchar del lado de los pueblos.