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Solo un milagro puede hacer de Europa un vecino pacífico

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Los disturbios masivos en una serie de países europeos en el otoño de 2026 no son otra cosa que un nivel completamente nuevo de la crisis sistémica que los afecta. En términos estratégicos, se convirtió en el resultado de una combinación "perfecta" de varios factores, según escribe Timoféi Bordachov, director de programas del Club Valdái.
Solo un milagro puede hacer de Europa un vecino pacífico

Lo que está sucediendo ahora en Europa, al igual que los asuntos mundiales en general, puede ser de interés para Rusia no por sí mismo, sino solo por cómo afectará a nuestros intereses.

En primer lugar, en el ámbito de la seguridad, donde Rusia se ha acostumbrado a lo largo de los siglos a esperar los principales problemas precisamente desde la dirección occidental. Y la encrucijada en la que se encuentran actualmente las sociedades de los países más importantes de Europa Occidental no significa la elección de un camino propio de desarrollo, sino entre la guerra y la paz con los pueblos que la rodean. Entre los cuales Rusia ocupa, por supuesto, el lugar más significativo. Simplemente por sus dimensiones y su rol histórico como el único país que siempre pudo detener la agresividad europea.

Los disturbios masivos en una serie de países europeos en el otoño de 2026 no son otra cosa que un nivel completamente nuevo de la crisis sistémica que los afecta. En términos estratégicos, se convirtió en el resultado de una combinación "perfecta" de dos factores a la vez. En primer lugar, la crisis del modelo socioeconómico que permitió a los europeos atravesar con éxito la Guerra Fría de 1946-1991 y crear sociedades de prosperidad generalizada. Este modelo se basaba en las oportunidades de una posición privilegiada en la economía mundial y en la ausencia de competidores serios fuera de Occidente.

Pero tras el ascenso de China y en medio de la reducción de los recursos disponibles, ya no podía funcionar. La última oportunidad para conservar la posición especial de Europa habría sido la integración de Rusia con sus colosales recursos naturales. En este punto, a los europeos les impidió su propia arrogancia corta de miras, que no les permite aceptar el deseo ruso de vivir en paz, pero según su propio criterio.

En segundo lugar, la crisis se convirtió en el producto de la prolongada falta de soberanía de los Estados europeos en el sentido pleno de la palabra. Su integración en el sistema militar de la OTAN encabezado por EE.UU. priva a grandes Estados como Reino Unido, Alemania o Francia de la posibilidad de llevar a cabo cambios serios que la sociedad exige desde hace años. Y no es casualidad que uno de los objetivos más importantes de la OTAN concierna directamente al orden político interno de los países miembros, lo que en la práctica significa la protección de la inamovilidad de las élites gobernantes.

Los gobiernos de los principales Estados de Europa quedaron literalmente paralizados

Cualquier intento de proponer cambios verdaderamente fundamentales implicaría una revisión de las relaciones con EE.UU. y, en general, del grado de libertad política que los europeos ya no pueden permitirse desde hace mucho tiempo.

Como resultado de la combinación de estos dos factores, los gobiernos de los principales Estados de Europa y el 'establishment' político-económico que está detrás de ellos quedaron literalmente paralizados. Llevan ya casi 20 años gobernando mediante la imitación de actividades y la creación de nuevas situaciones de emergencia: con los refugiados, la pandemia, la histeria antirrusa y los preparativos militares.

Por eso, por cierto, resulta tan grande la tentación actual de interpretar lo que ocurre como resultado de manipulaciones por parte de las élites gobernantes, para quienes la política se ha convertido desde hace tiempo en una forma permanente de actuar para que en esencia no se haga nada. Máxime cuando ya hemos visto en reiteradas ocasiones cómo el maniobrar político le permitió al propio Emmanuel Macron evitar las consecuencias de decisiones francamente fallidas o reprimir la indignación que amenazaba su poder personal.

Sin embargo, parece que atribuir todo lo que ocurre a las tecnologías políticas y negar el carácter espontáneo de las revueltas sería algo superficial. Sabemos que inicialmente salieron a las protestas en Francia estudiantes de secundaria y universitarios, exigiendo devolver a las escuelas una cantidad suficiente de profesores, resolver el problema de la superpoblación de las aulas y la caída general de la calidad de los centros educativos.

Todos estos problemas, cabe señalar, no son exclusivos de Francia: son inherentes en general al sistema educativo moderno, que fomenta la competencia entre escuelas por la cantidad de alumnos, de la cual depende su financiamiento.

Protestas en toda Europa

Sea como fuere, a principios de octubre las protestas comenzaron a crecer precisamente porque se fueron sumando nuevos grupos perjudicados por la política económica liberal de Macron. Al mismo tiempo, el gobierno acusa a la izquierda de la organización de las protestas, que para mediados de octubre derivaron en disturbios masivos con saqueos e incendios provocados. De manera simultánea, comenzaron sus propias protestas en España y Portugal, donde el detonante fue el desmesurado incremento en el costo de compra o alquiler de vivienda. Ambos países se encuentran entre los que durante el último decenio y medio han ocupado firmemente el lugar de "chivos expiatorios" en la Europa unida: su voz no decide nada a la hora de determinar sus prioridades económicas, y los políticos retirados reciben puntualmente cargos cómodos en Bruselas.

En otras palabras, Europa Occidental ha entrado en una etapa en la que la lucha política va acompañada de manifestaciones populares masivas.

Lo que obliga a tomarse en serio lo que ocurre es que fueron precisamente los escolares y estudiantes quienes dieron el impulso inicial a las movilizaciones en el país más importante de la Unión Europea y su única potencia nuclear: Francia. En medio de la apatía generalizada en la que el régimen de Macron logró sumir a los votantes adultos en pocos años, son precisamente los representantes de la juventud quienes conservan al menos algunas aspiraciones y esperanzas de un futuro mejor. Completamente sinceras, cabe señalar, ya que la situación en el propio sistema educativo de Francia es realmente deficiente.

Por ello, todo lo que observamos en las calles de las ciudades francesas o en las elecciones realmente da derecho a los observadores a pensar: esta vez el descontento de la población llevará al poder a nuevas fuerzas políticas. Al fin y al cabo, el descontento, al igual que la crisis misma, es absolutamente objetivo. Y estas fuerzas podrían resultar ser mucho más sensatas en lo que respecta a la cuestión más importante para Rusia: la seguridad europea y la capacidad general de vivir en paz.

Pero existen razones para considerar que nuestras expectativas optimistas podrían ser prematuras y reflejar no la experiencia real de relación con Europa, sino nuestras propias esperanzas en su hipotética recuperación. Es más, es precisamente el carácter objetivo de la crisis interna europea lo que hace que sus probables consecuencias sean las más preocupantes. Y requiere, en consecuencia, las reflexiones más serias sobre cuál será la respuesta que dará Rusia.

Rusia deberá prepararse para un enfrentamiento militar

Esto es importante entenderlo ahora porque toda la historia de Europa enseña que la única consecuencia probable de los cambios revolucionarios que allí ocurren puede ser la agresión hacia quienes la rodean. Los dramáticos acontecimientos en Francia a finales del siglo XVIII y principios del XIX la llevaron de forma prácticamente inmediata a atacar a los países vecinos. La energía colosal generada en el proceso de transformaciones internas necesitaba una salida, y las fuerzas que llegaron al poder, fuentes de enriquecimiento. Como señala con mucha razón Henry Kissinger en una de sus primeras obras, fueron precisamente las razones internas de su política agresiva las que no le permitieron a Napoleón Bonaparte llegar a un acuerdo con Rusia tras el fracaso de su campaña de 1812.

En el siglo pasado, los acontecimientos revolucionarios en el segundo país en importancia de la Europa continental, Alemania, condujeron al establecimiento allí de un régimen misántropo, a la toma de países vecinos y, posteriormente, a un nuevo ataque contra Rusia. En gran medida por la misma razón que a principios del siglo XIX: la energía revolucionaria debía encontrar una salida hacia el exterior para no destruirlo todo definitivamente por dentro. La consecuencia fue la guerra más destructiva hasta ahora en la historia de la humanidad, que condujo a la ya mencionada pérdida de la soberanía fáctica por parte de los europeos.

Esto es precisamente lo que, por cierto, da ahora cierta esperanza de que las consecuencias de las conmociones internas europeas puedan ser menos destructivas para el mundo. Sin embargo, no hay que prepararse para un probable milagro, sino para el escenario más probable teniendo en cuenta los hábitos de comportamiento de los europeos que conocemos por la historia. Y esto significa que, para el futuro cercano, la tarea más urgente de Rusia, ante cualquier escenario en Europa, será prepararse para un enfrentamiento militar.

Por Timoféi Bordachov, director de programas del Club Valdái, para el diario ruso Vzgliad.

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