A cientos de kilómetros de Asunción, en Paraguay, existe un lugar donde la piedra no solo conforma el paisaje, sino que le da sentido a la vida de sus pobladores. En Vallemí, la minería a cielo abierto es la columna vertebral de la economía, una actividad donde la transformación del paisaje es total e inmediata: se remueven capas de suelo y roca desde la superficie hacia abajo, reduciendo la altura del terreno con cada explosión.
Para los habitantes, la piedra es, literalmente, su pan. Es la fuente de alimento que permite que los hijos asistan a la facultad y que las familias subsistan. Sin embargo, tras la riqueza mineral que impulsa la agricultura y la construcción, existe una realidad de ingresos modestos y un trabajo sumamente peligroso.
Un oficio de riesgo y tradición
La labor en las canteras es manual y delicada. Trabajadores como Norma Blanco, quien aprendió el oficio desde niña ayudando a su padre, enfrentan el peligro constante de las explosiones. "A veces podemos no compartir más porque en cualquier momento puede ocurrir lo peor", confiesa Norma, describiendo la incertidumbre de trabajar bajo la amenaza de la caída de piedras.
El riesgo no es solo por las explosiones. José Gómez, quien dejó la minería, relata cómo el trabajo perjudica la salud, mencionando que padece pulmonía. El ambiente es hostil: el aire es denso, hay un ruido ensordecedor y el olor a quemado de los hornos que funcionan 24 horas perdura en todas partes. A esto se suma el calor extremo, que en ocasiones alcanza entre los 40 y 50 grados.
A pesar del sacrificio, la minería representa una oportunidad de progreso. Digno Cañete, quien pasó de picar piedras a formar parte de una asociación, explica que, aunque el trabajo es pesado, gracias a él pudo costear los estudios de sus hijos. Juan Antonio Cubilla, de 23 años, dedica jornadas de hasta 11 horas a la perforación para sostener a su familia. Para muchos, la movilidad social ascendente tiene un solo nombre: estudiar para tener otras alternativas.
Contradicciones y futuro
Vallemí presenta una paradoja. Por un lado, la industria genera la piedra dolomítica para el agro y la caliza para la construcción; por otro, los trabajadores conviven con una bruma de polvo constante que afecta su salud. Además, existe una tensión creciente por el control de la actividad: la llegada de grandes empresas con capitales que pretenden desplazar el trabajo de las cooperativas y asociaciones locales.
Entre el monte, el humo y el ruido, Vallemí vive en una encrucijada. Mientras los productores defienden su identidad y su sustento, la pregunta sobre la sostenibilidad y el impacto ambiental queda suspendida en el aire. Por ahora, la prioridad es clara: ganar el pan de cada día.