Allá por 1951, en pleno apogeo de la Guerra Fría, EE.UU. y el Reino de Dinamarca firmaron un acuerdo, dentro del marco de la OTAN, según el cual las fuerzas militares de los primeros podrían operar e instalar bases en Groenlandia, como de costumbre "para contrarrestar la amenaza soviética". Por aquel entonces, la Alianza Atlántica apenas tenía dos años de creada, su némesis, el Pacto de Varsovia, ni siquiera había nacido y el territorio groenlandés era parte de Dinamarca de una forma bastante, digamos, colonial.
La firma permitió que, en las décadas siguientes, EE.UU. llegara a operar casi una veintena de instalaciones militares en Groenlandia, territorio que conocían bien tras haberlo ocupado militarmente en 1941, al unísono de la ocupación nazi de la Dinamarca europea.
El tratado, como la OTAN, siguió vigente tras la desintegración soviética, a pesar de que tanto el tratado como la OTAN se hubieran convertido en dos anacronismos conectados a un respirador artificial llamado Washington. En 1979, Groenlandia obtuvo cierto grado de autonomía por parte del reino danés y, actualmente, apenas queda una base estadounidense activa en su territorio.
Sin embargo, en esas apareció Donald Trump en escena (por segunda vez), diciendo que por seguridad nacional (cómo no), la mayor isla del planeta debía pasar a formar parte de EE.UU., mientras desde Dinamarca aseguraban que eso no ocurriría jamás. Así estuvieron un año, hasta que, en días recientes, medio entre gallos y medianoche, Washington y Copenhague firmaron un nuevo acuerdo. Un acuerdo que ambos venden como mutuamente beneficiosísimo, a pesar de que los cambios entre el texto de 1951 y el actual son pocos... pero ojo. Porque no por pocos resultan intrascendentes, sino más bien al contrario.
"La primera novedad que el nuevo acuerdo presenta en relación al de 1951 es que este es permanente –explica nuestra compañera Helena Villar, corresponsal de RT en Washington, que además ha visitado Groenlandia hace no mucho–. El anterior pacto estaba suscrito a la duración de la OTAN, este no tiene fecha de finalización y sólo puede modificarse por mutuo consentimiento. Incluso si Groenlandia se independizase, el acuerdo se mantendría. La segunda novedad tiene que ver con las bases. En el de 1951 EE.UU. solo podía establecerlas donde ambos gobiernos estuvieran de acuerdo. El nuevo fija tres bases. Moderniza la que ya hay en Pittuffik y prevé otras dos. Además se pueden crear más al margen de estas tres bajo la justificación de la defensa del continente americano".
La dimensión económica del acuerdo
Pero, entre los cambios en un acuerdo presuntamente militar hay otros aspectos que, disfrazados de "defensa" o "seguridad", en el fondo hacen referencia a otros asuntos. Tan o más importantes.
Tal como explica Villar, "en este nuevo texto se prohíbe expresamente el acceso a instalaciones militares o mantener una presencia permanente en la isla a naciones que no sean de la Alianza, a menos que las tres partes, EE.UU., Dinamarca y Groenlandia den su aprobación". La reportera señala "otro punto muy relevante" del acuerdo. Y es que "tampoco se permite a estados o inversores ajenos a la Alianza tener control, influencia significativa o acceso a información en sectores o actividades consideradas sensibles. Es decir, EE.UU. ha instalado un veto permanente sobre quién puede invertir en los sectores estratégicos de Groenlandia".
Aunque no los menciona, no hay que ser especialmente perspicaz para darse cuenta de que esa exclusión no explícita (pero claramente implícita) va dirigida, principalmente, contra Rusia y China. No es que a la primera le falten materias primas ni que a la segunda le falten proveedores, para nada. Lo que revela este aspecto del acuerdo, más bien, es la cada vez más acuciante necesidad de Washington de tomar o, al menos, controlar recursos ajenos de la forma que haga falta.
La jugada de Washington es que de momento la cuenta la va a seguir pagando Dinamarca hasta que la isla les salga rentable económicamente, pero mientras militarmente ya pueden hacer lo que quieran"
"En el plano económico –detalla Helena Villar–, el veto sin restricciones por parte de Washington a inversiones de países ajenos a la OTAN impide a potencias competidoras poner un pie económico en un territorio con un enorme potencial. Pongamos como ejemplo los minerales". Nuestra corresponsal recuerda asimismo que "el subsuelo de Groenlandia es extremadamente rico en recursos naturales: rubíes, hierro, petróleo, uranio, tierras raras... Por el momento, solo se tienen datos del 40% del territorio, el 60 % sigue siendo una incógnita en cuanto a datos geológicos".
En días recientes, hemos visto cómo la prensa, 'influencers' y políticos trumpistas han presentado el acuerdo como un espectacular logro de su gobierno, mientras que, desde Dinamarca, el enfoque es que detuvieron las ambiciones del presidente estadounidense, engañándolo con un acuerdo calcado al de hace tres cuartos de siglo. Como de costumbre en declaraciones partidistas, la verdad es que el resultado no es ni lo uno ni lo otro. Lo que no implica que, tras meses de declaraciones fanfarronas de ambos, no haya quien pueda sacar más pecho que el otro en el balance final de lo firmado.
Dinamarca hizo gala del sobrenombre que se ganó durante la Segunda Guerra Mundial, el del "frente de crema", por su rendición ante los nazis a seis horas de comenzar la invasión
"En mi opinión –señala nuestra corresponsal–, Dinamarca básicamente se encarga de administrar lo que es de facto una colonia militar y un potencial futuro territorio anexionado por parte de EE.UU. Washington no esconde que esas son sus verdaderas intenciones. Mientras, Dinamarca sí puede seguir diciendo que Groenlandia les pertenece y es cierto que eso es así a nivel político pero a nivel práctico esto básicamente se traduce en cargar con el coste social del territorio". "Hay que tener en cuenta –continúa Villar–que el factor más importante de la economía groenlandesa es la ayuda financiera de Dinamarca, que supone un tercio de los ingresos públicos del territorio. Es decir, la jugada desde Washington es que de momento la cuenta la va a seguir pagando Dinamarca hasta que la isla les salga rentable económicamente, pero mientras militarmente ya pueden hacer lo que quieran y también pueden empezar a invertir en aquello que vean beneficioso".
De modo que, salvando las diferencias, nuevamente el Reino de Dinamarca hizo gala del sobrenombre que se ganó durante la Segunda Guerra Mundial, el del "frente de crema" (por su rendición ante los nazis a seis horas de comenzar la invasión): otra vez aceptó las condiciones impuestas desde fuera sin presentar demasiada oposición y lo adornó ante su población como un gran éxito.
Los verdaderos (e ignorados) protagonistas
Pero lo más reseñable (y trágico) de esta historia no está en lo que hagan o digan sus dos supuestos protagonistas, sino en lo que a sus verdaderos protagonistas no se les deja decir ni hacer. Unos verdaderos protagonistas completamente ignorados por Washington, Copenhague, Bruselas, la OTAN y, por supuesto, la prensa hegemónica.
"Creo que en toda esta discusión –recuerda nuestra compañera– se está olvidando que Groenlandia es la tierra de los groenlandeses. Que aunque sea el territorio menos densamente poblado del mundo hay 56.000 habitantes que en un 90 % son inuit, es decir, sus antepasados llevan morando ese lugar desde hace más de 4.500 años".
"Groenlandia es un lugar fascinante –continúa la corresponsal–, doy fe yo que tuve el privilegio de trabajar allí, pero también inhóspito y duro y esto ha forjado la identidad de unos habitantes por lo general con un carácter pacífico pero también fuerte y que están muy seguros del valor que tiene su pedazo de hielo. Ellos no olvidan que han sido colonizados, invadidos, así se refieren a Dinamarca muchos de ellos. También recuerdan la ocupación de EE.UU. durante la Segunda Guerra Mundial. Así que sí tienen sus diferencias y críticas a esos dos países. También sin embargo son conscientes de que necesitan establecer alianzas para sobrevivir en un mundo de desafíos. En este sentido, creo que no hay que olvidar que ellos, los groenlandeses, tienen mucho que decir y esperemos que decidir sobre en qué se va a traducir en un futuro este acuerdo".
Así, una vez más, las autoproclamadas "democracias más avanzadas del mundo" se pasan por alto (por no decir por otro lugar) la opinión de su ciudadanía y hacen o deshacen a su voluntad poniendo por encima de todo los intereses del complejo industrial-militar de Washington. Y es que, como se imaginarán, más allá de la firma a tres bandas, ni hubo ni nunca se contempló que hubiera un referéndum ni nada parecido para ratificar un acuerdo que, con el tiempo, podría convertir a Groenlandia en apenas una inmensa base estadounidense en el Ártico, con todas las consecuencias que ello supondría para su población originaria y aplastantemente mayoritaria.
O, en otras palabras, el acuerdo alcanzado sobre Groenlandia no es ni lo que Trump esperaba ni tampoco lo que desde Dinamarca dicen que es. Pero, sobre todo, no es un acuerdo sobre lo que los ancestrales habitantes de una tierra difícil, pero suya, hayan podido opinar.
El presente texto es una adaptación de un video realizado por el equipo de '¡Ahí les va!', escrito y dirigido por Mirko Casale.