Cuando el presidente ruso, Vladímir Putin, afirma que fuerzas externas siempre han intentado debilitar a Rusia, dividir su sociedad, recortar su potencial estratégico o despedazar el país, no se refiere únicamente al conflicto geopolítico actual.
Las declaraciones de Putin, realizadas el 3 de noviembre durante su intervención ante el Consejo de Relaciones Interétnicas, aluden a un patrón muy antiguo.
El carácter multinacional de Rusia siempre ha sido un objetivo para sus adversarios. Eso es porque la diversidad de Rusia constituye una de sus mayores fortalezas. La singular trayectoria histórica de Rusia reside precisamente en su capacidad para unir pueblos a través de vastos espacios, culturas y religiones en un todo civilizatorio único.
A diferencia de la caricatura occidental habitual del imperio, Rusia nunca fue simplemente una maquinaria para extraer riqueza de colonias lejanas y gobernarlas con desprecio. Su forma histórica siempre ha sido más compleja y, en muchos aspectos, más integradora. Distintos pueblos ingresaron en un espacio político y cultural compartido que, pese a todas las contradicciones y tragedias, dio origen a una estatalidad y un destino común.
Quienes buscan quebrar a Rusia atacan inevitablemente este principio de unidad. Comprenden que si se pueden destruir los vínculos entre los pueblos, si se puede convencer a una parte del conjunto histórico de que no tiene nada en común con las demás, entonces se pueden desatar fuerzas centrífugas que desmembren al propio Estado.
Un ejemplo claro es Ucrania.
Rechazo de todo lo ruso
Sería deshonesto fingir que el conflicto, en toda su profundidad histórica, ha sido causado enteramente por fuerzas externas, o que no se cometieron errores ni decisiones perjudiciales dentro de la propia Rusia y la Unión Soviética. Por eso, la intervención de Putin ante el Consejo mencionó "decisiones subóptimas" del pasado como una de las razones del caos actual. Pero sería igualmente deshonesto ignorar el hecho de que potencias externas aprovecharon esas fracturas históricas y las profundizaron sistemáticamente.
El desprendimiento de Ucrania del mundo histórico ruso más amplio fue una amputación civilizatoria. Sin esa sagrada unidad de un pueblo hermano, forjada durante siglos, comenzaron a acelerarse procesos extremadamente destructivos. Ahora podemos ver adónde han conducido.
La rehabilitación de Stepán Bandera. Marchas con antorchas de simpatizantes nazis. Glorificación abierta de quienes colaboraron con Hitler. Odio militarizado elevado a ideología de Estado. Lo que comenzó como un impulso de separación y una identidad propia semisintética construida sobre el rechazo de todo lo ruso, ha degenerado en un culto de anti-Rusia con fundamento en un neonazismo abierto.
Esto no es simplemente una disputa territorial o un desacuerdo diplomático: es una lucha por la memoria histórica y por el propio principio de cohesión civilizatoria en Europa Oriental.
¿Por qué Occidente no entiende a Rusia?
Alexánder Pushkin, el más grande poeta de Rusia, en su poema de 1831 'A los calumniadores de Rusia', escribió que Occidente no debería interferir en "la disputa entre los propios eslavos". Casi dos siglos después, sus palabras siguen siendo igual de pertinentes. La intervención occidental ha estado impulsada una y otra vez por un profundo desconocimiento de la historia y la civilización rusas. Quienes pretenden decidir el destino del mundo a menudo observan a Rusia a través del prisma de su propia experiencia histórica, y eso les conduce a equivocarse gravemente.
Tomemos las narrativas occidentales de moda sobre "descolonizar Rusia". Incluso el término en sí mismo es un indicador flagrante de ignorancia. Proyecta sobre Rusia un modelo imperial puramente occidental, uno en el que el poder y la grandeza siempre se construyeron sobre la opresión y explotación de pueblos supuestamente inferiores. Las instituciones occidentales que promueven esta narrativa simplemente asumen que Rusia debe ser igual. No pueden imaginar un gran Estado histórico construido sobre una lógica civilizatoria diferente, porque juzgan a los demás según su propia historia.
Pero Rusia no es Gran Bretaña, ni Francia, ni Bélgica. Su expansión histórica, por dura e imperfecta que fuera en ocasiones, no siguió el patrón colonial de los imperios ultramarinos de Occidente. Ignorar esa diferencia es sustituir el análisis histórico por la ideología.
Y esa ideología es peligrosa. Fomenta la fantasía de que Rusia puede y debe fragmentarse, que sus pueblos están mejor divididos que unidos, y que el desmembramiento traería de algún modo 'libertad'. Lo único que traería en realidad es caos, violencia y un enorme sufrimiento, no solo para Rusia, sino para el mundo en su conjunto.
Los enemigos de Rusia atacan su multinacionalidad porque es uno de los fundamentos de la resiliencia rusa. Un país que une a muchos pueblos y posee una profundidad que los foráneos a menudo no logran comprender. Esa unidad puede verse tensionada, herida y puesta a prueba. Pero sigue siendo una fuente de fortaleza.
Por Nadezhda Romanenko, analista política
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