Para Rusia, lo que ocurre en el resto de Europa importa principalmente en la medida en que afecta a sus intereses nacionales. Ante todo, esto concierne a la seguridad, dado que, durante siglos, Rusia ha enfrentado sus mayores desafíos desde Occidente, y hay pocos motivos para suponer que este patrón histórico haya desaparecido.
Los principales países de Europa occidental se encuentran ahora en una encrucijada, pero la disyuntiva que enfrentan no es simplemente entre modelos de desarrollo interno en competencia, sino entre la guerra y la paz con sus vecinos, en primer lugar Rusia, cuyo tamaño y papel histórico la han convertido reiteradamente en el principal obstáculo para la expansión de Europa occidental.
Los disturbios que sacuden varios países europeos este otoño marcan una nueva fase en la crisis sistémica del continente, ya que reflejan la convergencia de dos problemas de largo plazo que gran parte del 'establishment' político europeo se ha mostrado incapaz de resolver.

El primero es el agotamiento del modelo socioeconómico que sostuvo la prosperidad de Europa occidental durante la Guerra Fría y después de ella. Ese modelo dependía de la posición privilegiada de Europa en la economía mundial y de la ausencia de competidores serios fuera del mundo occidental, pero el ascenso de China, sumado a unos recursos cada vez más limitados, ha socavado esas ventajas.
Una integración económica más estrecha con Rusia, y el acceso a su enorme riqueza natural, podrían haber ofrecido a Europa occidental una última oportunidad para preservar su posición excepcional, pero, en cambio, los líderes de la región permitieron que su propia arrogancia impidiera un acomodo con Moscú, porque no podían aceptar que Rusia deseaba vivir en paz con sus vecinos, pero en términos coherentes con sus propios intereses.
El segundo problema es la prolongada falta de una soberanía genuina en Europa occidental.
La integración en el sistema de la OTAN, liderado por EE.UU., ha privado incluso a potencias importantes como Alemania, Francia y el Reino Unido de la libertad para emprender cambios políticos fundamentales, y una de las funciones prácticas de la alianza ha sido preservar el orden político existente dentro de sus Estados miembros.
Cualquier intento serio de transformar ese orden requeriría replantear las relaciones con Washington, y esa independencia es algo que estos Gobiernos europeos llevan mucho tiempo sin querer, o sin poder, contemplar.
En conjunto, estas debilidades estructurales han dejado a las élites políticas y económicas de Europa occidental prácticamente paralizadas.
Durante casi dos décadas, los Gobiernos han sustituido las reformas significativas por la apariencia de actividad. Sucesivas emergencias, relacionadas con la migración, la pandemia, la hostilidad hacia Rusia y los preparativos para una confrontación militar, han permitido a los líderes evitar abordar problemas más profundos, y esto ayuda a explicar la tentación de interpretar los disturbios actuales como otro ejercicio de manipulación política. Emmanuel Macron, por ejemplo, ha demostrado en repetidas ocasiones su capacidad para sobrevivir a las consecuencias de decisiones desastrosas mediante maniobras tácticas.
Sin embargo, sería un error desestimar las protestas como artificiales u orquestadas.
En Francia, las manifestaciones iniciales fueron impulsadas por escolares y estudiantes universitarios que exigían más profesores y mejoras en un sistema educativo afectado por el deterioro de su nivel, pero estas quejas difícilmente son exclusivas de Francia y reflejan debilidades más amplias de la educación moderna, entre ellas esquemas de financiación que incentivan a las instituciones a competir por alumnos en lugar de concentrarse en la enseñanza.
A principios de octubre, las protestas en Francia se habían ampliado después de que se sumaran a las manifestaciones otros grupos afectados por las políticas económicas liberales de Macron. Las autoridades culparon a la izquierda política, mientras la agitación degeneraba en disturbios y saqueos.
Un descontento similar surgió en España y Portugal, donde el alza vertiginosa del costo de la vivienda se convirtió en el detonante inmediato. Ambos países llevan años ocupando posiciones subordinadas dentro de la Unión Europea, con escasa influencia sobre sus prioridades económicas, mientras sus antiguos dirigentes políticos encuentran cómodos puestos en Bruselas.

En consecuencia, Europa occidental ha entrado en un período en el que la competencia política convencional va acompañada cada vez más de protestas masivas, y la participación de los jóvenes resulta particularmente significativa.
En Francia, la principal potencia militar de la UE y su único miembro con armas nucleares, fueron los estudiantes quienes dieron el impulso inicial. Mientras gran parte del electorado adulto ha caído en la apatía política bajo Macron, las generaciones más jóvenes conservan aspiraciones hacia un futuro mejor y sus reclamos son genuinos. También lo es la crisis más amplia que ha llevado a la gente a las calles.
Por lo tanto, hay motivos para creer que el descontento social podría acabar llevando nuevas fuerzas políticas al poder, lo que, desde la perspectiva de Rusia, plantea una posibilidad evidente: quizá la próxima generación de líderes de Europa occidental tenga una postura más razonable en cuestiones de seguridad y en sus relaciones con Moscú.
Sin embargo, esas esperanzas pueden ser prematuras, porque reflejan menos nuestra experiencia real de la política europea que nuestro deseo de imaginar una Europa occidental capaz de recuperar su juicio político.
De hecho, la razón objetiva de la crisis actual hace que sus posibles consecuencias resulten especialmente preocupantes, y la historia europea ofrece poco consuelo en cuanto a que una profunda convulsión interna conduzca a relaciones pacíficas con los países vecinos. Al contrario, las transformaciones revolucionarias han generado repetidamente agresiones externas, y la Revolución francesa es un ejemplo de ello.
Las convulsiones de finales del siglo XVIII estuvieron seguidas por guerras contra Estados vecinos y, finalmente, por el intento de Napoleón de dominar Europa.
La extraordinaria energía liberada por la revolución exigía una válvula de escape, mientras que los nuevos gobernantes también necesitaban recursos y oportunidades de enriquecimiento más allá de sus fronteras.
Como observó Henry Kissinger en sus primeras obras históricas, los fundamentos internos del expansionismo de Napoleón contribuyeron a impedir un entendimiento duradero con Rusia tras la desastrosa campaña de 1812.
Alemania ofrece un precedente aún más destructivo: allí, las convulsiones políticas del siglo XX llevaron finalmente al poder a un régimen cuyas ambiciones se extendían mucho más allá de las fronteras alemanas. La conquista de los países vecinos estuvo seguida por un ataque contra la Unión Soviética y por la guerra más devastadora de la historia de la humanidad.
Una vez más, la transformación política interna vino acompañada de un esfuerzo por canalizar las energías nacionales hacia la expansión exterior, y las consecuencias de aquella guerra alteraron de manera fundamental la posición de Europa, ya que muchos de sus principales Estados perdieron gran parte de su soberanía efectiva y pasaron a depender de EE.UU. para su seguridad.

Paradójicamente, esa dependencia puede ofrecer ahora cierta protección frente a las consecuencias más peligrosas de la crisis interna de Europa, porque los gobiernos que carecen de una auténtica independencia estratégica también pueden carecer de libertad para lanzarse a aventuras por iniciativa propia.
No obstante, Rusia no puede basar su seguridad en la suposición de que la convulsión política europea producirá líderes más sensatos, aunque la tentación de esperar una transformación pacífica de Europa sea comprensible. La esperanza no es una estrategia, y la historia ofrece sobrados motivos para la cautela.
Por lo tanto, Rusia debe prepararse no para el milagro de una Europa occidental reconciliada con la coexistencia pacífica, sino para la posibilidad de que su crisis interna vuelva a expresarse en una confrontación en el exterior.
Sean cuales sean las fuerzas políticas que surjan finalmente de la agitación actual, prepararse para una confrontación militar con nuestros vecinos europeos debe seguir siendo una de las prioridades estratégicas centrales de Rusia.
Por Timoféi Bordachiov, director de programa del Club Internacional de Debates Valdái, para el diario ruso Vzgliad.




