Las elecciones parlamentarias en Israel supusieron una importante prueba de confianza de la ciudadanía en el primer ministro, Benjamín Netanyahu.
Los israelíes acudieron a las urnas tras los acontecimientos del 7 de octubre de 2023, las guerras en Gaza y el Líbano, el enfrentamiento con Irán y el creciente deterioro de las relaciones con varios socios internacionales. La composición del próximo Gobierno determinará el rumbo del desarrollo político y estratégico de Israel.
La participación electoral fue excepcionalmente alta: según el Comité Electoral Central, alcanzó el 77,7 %, el nivel más elevado desde 1999. La principal contienda se desarrolló entre el partido Likud de Netanyahu y un bloque opositor encabezado por Gadi Eisenkot, líder del partido centrista Yashar. Entre sus posibles aliados figuran los partidos de Naftali Bennett y Yair Lapid (quienes compartieron una jefatura de Gobierno rotatoria entre 2021 y 2022), así como otras formaciones contrarias a la coalición gobernante.
Según los sondeos a pie de urna actualizados de tres importantes cadenas de televisión, se prevé que el bloque opositor obtenga 47 escaños, los aliados de Netanyahu, 54, y los partidos árabes que no pertenecen a ninguno de los dos bloques, 19. No obstante, el Likud sigue siendo el partido con mayor representación individual, mientras que otras proyecciones son más favorables al bloque de derecha. Se espera que los resultados oficiales se publiquen el 4 de noviembre. Por ahora, una cosa está clara: ninguno de los dos bandos ha conseguido una mayoría parlamentaria clara.
Movilización política
La participación electoral refleja una profunda movilización política de la sociedad israelí. En los últimos años, las decisiones tomadas por los dirigentes se han entrelazado cada vez más con cuestiones de seguridad personal, bienestar económico y el futuro de las familias. Como resultado, incluso los ciudadanos que anteriormente se mantenían relativamente al margen de la política han comenzado a involucrarse más activamente.
Los acontecimientos del 7 de octubre de 2023 fueron el catalizador decisivo de esta transformación. El fracaso del sistema de seguridad nacional socavó gravemente la confianza en los dirigentes políticos, mientras que las guerras posteriores no lograron generar una unidad nacional duradera en torno al Gobierno. Por el contrario, intensificaron los cuestionamientos sobre la responsabilidad política, los costos humanos y económicos de las decisiones militares y la ausencia de una estrategia convincente para poner fin a los conflictos. Incluso los partidarios de una política de seguridad de línea dura se han desilusionado con su eficacia.
Las presiones socioeconómicas también han desempeñado un papel importante. El aumento del gasto militar, el elevado costo de vida, las dificultades para acceder a la vivienda y la prolongación del servicio militar de los reservistas han puesto de manifiesto ante la población el precio de la inestabilidad continua. Especialmente polémica ha sido la exención del servicio militar de ciertos sectores de la comunidad ultraortodoxa, mientras que otros segmentos de la sociedad soportan esa carga.
El deterioro de la posición internacional de Israel ha agravado aún más estos desafíos. Los desacuerdos con sus socios europeos tradicionales sobre la guerra en Gaza, los acontecimientos en Cisjordania y las políticas impulsadas por los miembros de extrema derecha del Gobierno dejan al país cada vez menos margen de maniobra diplomática. Algunos votantes responsabilizan cada vez más al Ejecutivo del creciente aislamiento diplomático y de los riesgos económicos.
La elevada participación no se debió únicamente al rechazo a Netanyahu. Los votantes de derecha también se movilizaron intensamente, al igual que el electorado árabe, cuyos partidos obtuvieron un resultado notable. No obstante, las elecciones sugieren que la situación política actual ya no es considerada sostenible por amplios sectores de la sociedad.
La lucha por formar una coalición
En la política israelí, el éxito electoral no se traduce necesariamente en poder político. En la Knéset, compuesta por 120 escaños, una coalición de Gobierno necesita el apoyo de al menos 61 diputados, un umbral que, según las proyecciones actuales, ninguno de los dos principales bloques políticos alcanzará. La batalla decisiva se trasladará ahora a las negociaciones entre los partidos.
Tras la publicación de los resultados oficiales, el presidente Isaac Herzog consultará con las distintas facciones parlamentarias y encargará la formación de Gobierno al candidato que considere más capaz de conseguir una mayoría. El plazo inicial para las negociaciones de coalición es de 28 días, con la posibilidad de una prórroga de hasta 14 días. Si estos esfuerzos fracasan, otro miembro de la Knéset podrá recibir un plazo de 28 días para formar Gobierno. Posteriormente, los diputados dispondrían de 21 días para proponer un candidato alternativo con el respaldo de al menos 61 legisladores, quien recibiría otros 14 días para completar el proceso. Si este último intento también fracasa, la Knéset sería disuelta y se convocarían nuevas elecciones.
En estas circunstancias, los partidos pequeños tienen mucho más poder del que podría sugerir su número de escaños. A cambio de apoyar una coalición, pueden exigir nombramientos ministeriales, compromisos presupuestarios y concesiones políticas significativas. El bloque de Netanyahu tendrá que buscar apoyos adicionales más allá de sus aliados tradicionales, mientras que la oposición se enfrenta a la difícil tarea de conciliar las posiciones de los centristas, los opositores de derecha a Netanyahu y los partidos más liberales.
Los partidos árabes, que según las proyecciones obtendrían 19 escaños, podrían adquirir especial importancia. Sin embargo, Eisenkot y algunos de sus posibles socios de coalición han descartado incluirlos en el Gobierno. El apoyo parlamentario externo o la abstención durante una votación de confianza podrían, en teoría, alterar el equilibrio, pero esto exigiría compromisos políticamente delicados por parte del bloque centrista.
La amplia experiencia de Netanyahu en la formación de coaliciones le brinda considerables oportunidades para negociar con los partidos pequeños y persuadir a determinados actores políticos de que abandonen alianzas rivales. Incluso si no consigue reunir una mayoría, permanecerá en el cargo como primer ministro en funciones hasta que se forme un nuevo Gobierno. Su posición política se ha debilitado indudablemente, pero esto todavía no supone su salida del poder.
El factor Netanyahu
Netanyahu llegó a estas elecciones con su base electoral fiel intacta, pero con un apoyo considerablemente debilitado fuera del bloque de derecha. La seguridad nacional siempre ha sido su principal argumento político. Sin embargo, las consecuencias del 7 de octubre y las prolongadas campañas militares han dañado seriamente su reputación, planteando interrogantes sobre la eficacia de su liderazgo.
En este contexto, merecen especial atención las informaciones sobre los preparativos de una nueva operación militar contra Irán poco antes de las elecciones. Axios informó sobre conversaciones entre Netanyahu y el presidente estadounidense, Donald Trump; el Financial Times describió los preparativos de un ataque a gran escala a principios de octubre, y CNN informó sobre los esfuerzos israelíes para conseguir el apoyo de Washington. Según estas informaciones, la Administración Trump prefiere evitar otra gran escalada antes de las elecciones estadounidenses previstas para el 3 de noviembre. Netanyahu negó las informaciones según las cuales Trump había impedido un ataque israelí planificado, y algunos de los detalles publicados también han sido cuestionados por medios israelíes.
Una operación militar rápida y exitosa contra Irán podría haber unido a una parte considerable de la sociedad en torno al Likud, restaurado la imagen de Netanyahu como defensor decidido de la seguridad nacional y relegado a un segundo plano las críticas a sus políticas internas. Aunque esto no demuestra que se estuviera planeando un ataque con fines electorales, los posibles beneficios políticos son evidentes.
Por otro lado, una guerra breve contra Irán habría sido una apuesta extremadamente arriesgada. Las represalias iraníes, la participación de los aliados regionales de Teherán, la presión adicional sobre los sistemas de defensa antimisiles israelíes y las posibles perturbaciones de los mercados energéticos mundiales podrían haber provocado otra crisis de confianza pública. La combinación de las restricciones impuestas por Washington y las imprevisibles consecuencias militares parece haber impedido que esto ocurriera antes de las elecciones.
En definitiva, las elecciones se celebraron sin ningún acontecimiento militar importante capaz de alterar fundamentalmente el voto. Si Netanyahu permanece en el poder, el resultado más probable sería la continuación de su política de línea dura hacia Irán y los grupos armados aliados de Teherán. La persistente dependencia de los socios de coalición de extrema derecha podría empujar esta política hacia una dirección aún más confrontativa. Aun así, Israel tendría que seguir teniendo en cuenta la posición de Washington, dada la importancia del apoyo estadounidense para las grandes operaciones militares.
La alternativa de Eisenkot
Gadi Eisenkot, quien ocupó el cargo de jefe del Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel entre 2015 y 2019, se ha convertido en la principal alternativa política a Netanyahu. Su principal ventaja radica en ofrecer un cambio de liderazgo sin renunciar a la importancia central de la seguridad nacional. Para los votantes descontentos con el actual primer ministro, pero reacios a aceptar un cambio ideológico fundamental, se trata de una solución de compromiso atractiva. Eisenkot se presenta como una figura política centrista, orientada al fortalecimiento institucional y con una amplia experiencia en el liderazgo militar.
Su programa político presta especial atención a los soldados, los reservistas y sus familias. Su partido ha propuesto ampliar los beneficios en materia de vivienda, impuestos y educación, aumentar las ayudas sociales y elevar un 15 % la remuneración de los reclutas, con un incremento del 50 % para los soldados de combate durante su tercer año de servicio. Estas propuestas tienen el potencial de atraer a las familias de militares que llevan mucho tiempo reclamando una protección social más equitativa. Sin embargo, sería exagerado afirmar que todo el aparato de seguridad israelí apoya a un único candidato.
Otra parte importante de la base electoral de Eisenkot está formada por ciudadanos desilusionados con el estilo de liderazgo de la coalición gobernante, sus disputas con las instituciones estatales y su dependencia de los partidos de extrema derecha. Eisenkot promete restaurar la confianza en el Gobierno, ampliar el principio del servicio militar o nacional obligatorio y reducir las divisiones dentro de la sociedad. Su atractivo político se centra en una gestión eficaz del Gobierno, más que en una transformación ideológica.
Sin embargo, es poco probable que se produzcan cambios fundamentales en la cuestión palestina. Eisenkot se opone al establecimiento de un Estado palestino plenamente independiente en las condiciones actuales e insiste en mantener el control israelí sobre las cuestiones esenciales de seguridad. Aunque algunos partidos judíos apoyan la solución de dos Estados, lo más probable es que el núcleo de una nueva coalición esté compuesto por partidos de orientación nacional. No obstante, las críticas de Eisenkot a los asentamientos ilegales y a la violencia de los colonos sugieren que es posible un cambio en los métodos políticos.
En política exterior existe un margen mucho mayor para el cambio. El simple hecho de dejar atrás un Gobierno integrado por políticos de extrema derecha, cuya retórica ha complicado las relaciones de Israel con sus socios europeos y los Estados árabes, podría contribuir a reducir las tensiones diplomáticas. Un gabinete más pragmático tendría la oportunidad de restablecer las relaciones de trabajo, aliviar el aislamiento internacional de Israel y avanzar hacia una normalización gradual de las relaciones en toda la región.
Sin embargo, un enfoque diplomático más moderado no debe confundirse con el abandono de la disuasión militar. Eisenkot considera que el programa nuclear iraní, sus capacidades misilísticas y su red de aliados regionales representan graves amenazas para la seguridad nacional. Bajo su liderazgo, Israel probablemente mantendría una firme política de contención, al tiempo que buscaría una coordinación más estrecha con Washington y una combinación más equilibrada de instrumentos militares y diplomáticos. Este enfoque podría reducir ciertos riesgos, pero no eliminaría el enfrentamiento subyacente.
El principal dilema que surge de estas elecciones es que muchos israelíes que votaron contra Netanyahu esperan una mayor estabilidad y una reducción de las tensiones regionales, pero el entorno de seguridad del país y las propias posiciones de los líderes de la oposición imponen importantes limitaciones a cualquier compromiso político rápido. Eisenkot podría cambiar el estilo de gobierno y mejorar el clima de las relaciones de Israel con el mundo exterior, pero no puede garantizar la paz. Netanyahu, por el contrario, tendría más probabilidades de continuar por el camino actual.
Hasta que se publiquen los resultados oficiales y concluyan las negociaciones para formar una coalición, es imposible predecir con certeza quién será el próximo primer ministro. No obstante, las elecciones han puesto de manifiesto un profundo cansancio de la población ante un prolongado período de crisis y la ausencia de un mandato político claro para superarlo.
El resultado final determinará mucho más que la composición del próximo Gobierno. También podría definir la trayectoria futura de todo Oriente Medio, influyendo en si la región avanza hacia un período de estabilización cautelosa o entra en otra fase de creciente confrontación.
Por Murad Sadygzade, presidente del Centro de Estudios de Oriente Medio y profesor invitado de la Universidad HSE, para RT.






