Por qué a Rusia le conviene la paz entre Irán y los países del Golfo

Ningún beneficio temporal por la subida de los precios de la energía puede compensar el daño de una guerra prolongada entre socios, opina Murad Sadygzade, presidente del Centro de Estudios de Oriente Medio.

El ministro de Relaciones Exteriores de Rusia, Serguéi Lavrov, visitó el 18 de octubre Manama, capital de Baréin, donde participó en la novena reunión ministerial del diálogo estratégico entre Rusia y el Consejo de Cooperación del Golfo, y mantuvo conversaciones por separado con los ministros de Exteriores de Arabia Saudita y Kuwait. Al día siguiente viajó a Teherán para reunirse con su homólogo iraní, Abbas Araghchi, y con el presidente Masud Pezeshkian.

En Manama, las conversaciones se centraron en la desescalada en el golfo Pérsico, la seguridad marítima y las propuestas rusas para un marco de seguridad colectiva, mientras que los encuentros bilaterales ofrecieron la oportunidad de aclarar la posición de cada país. Lavrov y su homólogo kuwaití subrayaron la necesidad de reducir rápidamente las tensiones y coincidieron en que una solución política y diplomática es la única vía viable. En Teherán, los asuntos regionales figuraron junto con la cooperación ruso-iraní, y Moscú reafirmó su compromiso con los acuerdos económicos y de inversión pese al deterioro del entorno de seguridad.

Diplomacia entre las dos orillas del Golfo

La visita tenía como objetivo impedir que se consolidara una nueva fractura entre Irán y las monarquías árabes, en un momento en que las consecuencias de la agresión estadounidense-israelí contra la República Islámica están afectando a la seguridad de toda la región. No obstante, restablecer la confianza también exige reconocer que los Estados del Golfo tienen sus propias reclamaciones hacia Teherán por los ataques sufridos en su territorio y por las amenazas a las rutas marítimas.

Durante las conversaciones en Manama, los representantes árabes expresaron abiertamente su esperanza de que Moscú utilizara su relación con Teherán para transmitirle sus preocupaciones. Las discusiones abarcaron también Yemen, el mantenimiento del alto el fuego en Gaza, el acceso humanitario y la resiliencia de las cadenas de suministro de energía y alimentos, es decir, las diversas e interrelacionadas fuentes de inestabilidad que afectan hoy a Oriente Medio.

En Teherán, el canciller ruso reafirmó el apoyo de Moscú al restablecimiento de la seguridad y de las condiciones de navegación anteriores al inicio de la ofensiva estadounidense-israelí. Por su parte, Irán, que considera ese ataque la causa principal de la crisis actual, declaró igualmente su compromiso con una resolución diplomática de las disputas. Sin embargo, el acuerdo sobre principios generales no implica todavía un acuerdo sobre las obligaciones concretas que cada parte deberá aceptar.

Rusia podría mediar para rebajar las tensiones y frenar el deterioro de las relaciones entre Teherán y las monarquías del Golfo, ya que mantiene vínculos estrechos con Irán al mismo tiempo que desarrolla cooperación política, económica y energética con los Estados árabes. Esa red de relaciones permite a Moscú transmitir mensajes, detectar el margen de compromiso y facilitar un diálogo directo, algo que en tiempos de crisis puede ceder fácilmente ante ultimátums contrapuestos.

Sin embargo, este acceso a ambas partes no significa que Moscú pueda dictar lo que sus socios decidan finalmente, y su cercanía con Teherán puede suscitar dudas entre los participantes árabes.

La eficacia de cualquier mediación rusa dependerá, en última instancia, de que las propias partes estén dispuestas a negociar, reconocer las preocupaciones mutuas y dar pasos prácticos para abordarlas.

Seguridad inclusiva como alternativa a una crisis permanente

En Manama, Lavrov volvió a presentar el concepto actualizado de Rusia sobre una seguridad colectiva en el golfo Pérsico como una posible contribución a un arreglo duradero. La propuesta no surge únicamente de esta visita, sino que da continuidad a una iniciativa de largo recorrido. Ya en junio, el ministro informó que las nuevas propuestas habían sido remitidas a las capitales de la región y que Moscú estaba recibiendo las primeras respuestas.

Este enfoque parte de la idea de que las monarquías árabes e Irán deben participar en un marco compartido, porque cualquier intento de garantizar la seguridad de unos Estados aislando a otros reproduce las mismas causas de la confrontación. Las medidas de creación de confianza y los contactos regulares están pensados para reducir gradualmente la incertidumbre, mientras que los países del Golfo y sus vecinos inmediatos deberían tener la voz decisiva en la configuración del orden regional.

Un concepto ruso anterior, distribuido ya en Naciones Unidas en 2019, contemplaba una normalización gradual de la situación, el respeto a la soberanía, la resolución pacífica de las disputas y el desarrollo de mecanismos de seguridad colectiva. Puede suponerse que las propuestas actuales mantienen ese mismo espíritu, aunque algunas disposiciones concretas hayan cambiado o se hayan actualizado.

Moscú ha sostenido que la región necesita un sistema de seguridad propio e inclusivo, libre de intervenciones militares externas y de arreglos políticos impuestos desde fuera. Sin embargo, esto no excluye la asistencia internacional, ya que la diplomacia rusa admite el apoyo de actores externos, incluidos miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, siempre que este responda a los intereses de los Estados de la región.

El valor práctico de este modelo dependerá de que esos principios generales puedan traducirse en procedimientos acordados para prevenir incidentes, proteger infraestructuras civiles y mantener abiertas las rutas marítimas. Este tipo de arreglos podría constituir un primer paso hacia un orden más estable, mientras que intentar resolver todas las disputas políticas a la vez podría bloquear incluso las medidas mínimas destinadas a reducir la tensión.

Por qué un petróleo caro no hace que la guerra sea beneficiosa para Rusia

Los medios occidentales y numerosos debates de expertos, incluidos los dedicados a Oriente Medio, presentan con frecuencia a Rusia como una beneficiaria de la guerra, argumentando que las disrupciones en los suministros del Golfo elevan los precios de la energía y abren oportunidades para los exportadores rusos.

Un beneficio de precios a corto plazo es ciertamente posible, pero suponer que la guerra otorga a Rusia una ventaja estratégica es, desde el punto de vista analítico, incorrecto, porque los intereses nacionales del país no se reducen a una sola fuente de ingresos por exportación.

Los ingresos adicionales por ventas de materias primas dicen poco sobre el costo que implican las alianzas dañadas, las inversiones aplazadas y el deterioro de las condiciones para proyectos de largo plazo.

Oriente Medio es importante para Rusia tanto como socio político como económico, y unas relaciones estables dependen de instituciones predecibles, rutas de transporte seguras y transacciones financieras regulares. Una guerra prolongada eleva los costos de transporte y de seguros, complica los acuerdos sobre infraestructuras y obliga a los socios a desviar recursos del desarrollo hacia necesidades inmediatas de seguridad.

Esto puede verse en la cooperación rusa con Irán, donde sus proyectos requieren un entorno operativo estable. En Teherán, Lavrov habló del regreso gradual de especialistas rusos a la central nuclear de Bushehr, así como de las perspectivas de cooperación en la producción y el transporte de hidrocarburos. Una guerra prolongada crea riesgos adicionales para esas actividades, y unos precios del petróleo más altos no los eliminan.

Además, un 'shock' energético sostenido puede debilitar la economía global, mientras que la consiguiente caída de la demanda limita las ganancias iniciales de los exportadores. Incluso si algunas consecuencias de una guerra en Oriente Medio pueden beneficiar a los proveedores rusos en el corto plazo, la idea de que Moscú quiere una guerra interminable en la región resulta, como mínimo, superficial. El interés estratégico de Rusia reside en la estabilidad a largo plazo de la región, porque es lo que le permitiría preservar asociaciones, mercados y oportunidades de cooperación económica.

Autonomía regional ante un orden mundial cambiante

La transformación del orden mundial y el debilitamiento de la hegemonía occidental ofrecen a los países de Oriente Medio un margen mayor para desarrollar políticas independientes, pero una redistribución de la influencia internacional no resuelve por sí sola las disputas regionales. Si la dependencia de garantías externas solo se complementa con nuevos protectores rivales, mientras los mecanismos de diálogo directo siguen siendo débiles, Oriente Medio seguirá siendo un espacio donde los conflictos locales se cruzan con la rivalidad entre grandes potencias.

La autonomía regional exige que los Estados vecinos acuerden unas reglas mínimas de convivencia, incluso cuando sus prioridades de política exterior y sus percepciones de amenaza difieran de forma significativa. Un sistema estable necesitará respeto mutuo por la soberanía, rechazo a las soluciones militares impuestas y la comprensión de que una seguridad duradera no puede construirse sobre la vulnerabilidad permanente de otro Estado.

Rusia puede respaldar ese proceso ofreciendo canales diplomáticos y ayudando a definir una secuencia viable de acuerdos, pero solo los propios países de la región pueden construir un futuro pacífico. La mediación externa solo produce resultados cuando se apoya en una voluntad real de compromiso; de lo contrario, incluso las iniciativas más sustanciales pueden quedarse en el papel.

Las visitas de Lavrov a Manama y Teherán pusieron de relieve una oportunidad para vincular la necesidad inmediata de desescalada con un debate más amplio sobre un orden regional más estable. Aprovechar esa oportunidad requerirá tiempo y decisiones políticas difíciles, porque las partes tendrán que limitar su propio recurso a la fuerza, reconstruir la confianza dañada y aceptar obligaciones recíprocas. Moscú puede mediar en ese proceso, pero su resultado dependerá de la voluntad y la disposición de los Estados del Golfo e Irán para alcanzar un acuerdo.

Por Murad Sadygzade, presidente del Centro de Estudios de Oriente Medio y profesor visitante de la Universidad HSE (Moscú).