El acuerdo sobre el diésel ruso, anunciado por el presidente de EE.UU., da mucho que pensar.
En marzo de este año, EE.UU. ya había flexibilizado las sanciones contra el petróleo ruso en medio del conflicto con Irán y el cierre del estrecho de Ormuz. Sin embargo, en el caso del petróleo, se trataba de estabilizar el mercado mediante los suministros rusos, algo de lo que EE.UU. se beneficiaba indirectamente. Ahora, en cambio, no se trata simplemente de levantar restricciones, sino de un acuerdo concreto para que EE.UU. compre combustible diésel ruso. Es decir, de una cooperación comercial directa entre ambos países, algo que no se observaba desde febrero de 2022.
La exportación de diésel beneficia a Rusia, que busca evitar la saturación de sus instalaciones de almacenamiento. El volumen actual de producción de combustible diésel en Rusia es de entre 84 y 86 millones de toneladas anuales, mientras que el consumo interno se sitúa entre 44 y 48 millones de toneladas al año, es decir, entre el 50 % y el 55 %. El acceso al mercado estadounidense ayudará a las compañías petroleras, aumentará los ingresos por exportaciones y la recaudación fiscal de un presupuesto deficitario.
Divorcio civilizado
Pero ¿resolverán estos suministros los problemas de EE.UU.? Los volúmenes previstos apenas alcanzan para cubrir el consumo de combustible de los estadounidenses durante unos pocos días. Además, está previsto que se alcance el volumen máximo, de hasta 3 millones de toneladas mensuales, después de las elecciones de noviembre al Congreso, lo que significa que estos suministros no se convertirán en un factor electoral importante para Trump y los republicanos.
Existe una hipótesis según la cual el acuerdo sobre el diésel es el preludio de acuerdos comerciales más amplios entre Rusia y EE.UU., desvinculados de la cuestión ucraniana. Kiril Dmítriev volvió a instar a Elon Musk a emprender la construcción de un túnel entre Rusia y EE.UU. Estos megaproyectos, independientemente de que lleguen a realizarse o no, son necesarios como señal de un cambio real hacia una cooperación comercial pragmática entre EE.UU. y Rusia.
Esto no significa en absoluto el levantamiento inmediato de todas las sanciones. Más bien, la situación recuerda a las condiciones de un divorcio civilizado, con todas sus consecuencias: reparto de bienes (la venta de los activos extranjeros de Lukoil con la participación de empresarios estadounidenses), custodia compartida (la participación de EE.UU. en la reconstrucción de los gasoductos Nord Stream) y un "seguiremos siendo amigos" (suministros de diésel, petróleo y fertilizantes a cambio de flexibilizar las restricciones a la importación de equipos necesarios, como repuestos para aviones, productos electrónicos, etc.).
Cambio de estrategia
Si esta hipótesis es correcta, EE.UU. ya no tiene intención de participar en la estrategia de asfixiar a Rusia, dejando esta tarea imposible de asumir en manos de Europa. El principio es sencillo: cooperamos donde resulta beneficioso; donde no lo es, aplicamos sanciones y restricciones mutuas. Para Ucrania y la Unión Europea, esta es una mala noticia. Aunque allí ya están acostumbrados a las malas noticias, independientemente de la retórica de Trump y de los acuerdos sobre el diésel.
Merece especial atención la reacción al acuerdo del secretario del Tesoro de EE.UU., Scott Bessent, quien acusó de hipocresía a los europeos que critican el acuerdo sobre el diésel entre Trump y Putin. "Los europeos siguen financiando a Putin, por lo que sus declaraciones de que EE.UU. no tiene derecho a aliviar temporalmente la situación de los precios del combustible diésel son pura hipocresía", declaró Bessent. La víspera se conoció que los países europeos habían realizado compras récord de gas ruso. Washington señala abiertamente el doble rasero de Europa, lo que debilita aún más la unidad del frente occidental contra Rusia.
Los países del Sur Global, por su parte, señalan a Washington su propio doble rasero. En la India observan, con razón, que las amenazas de EE.UU. de imponer "sanciones infernales" contra los compradores de petróleo ruso son difíciles de conciliar con el hecho de que el propio país ahora compra diésel ruso. Esta política hace prácticamente imposible la imposición de las sanciones promovidas por Graham, calificado de terrorista y extremista. Washington ha creado por sí mismo un precedente que socava los fundamentos de la política de sanciones en el sector energético.
Ensanchamiento de la grieta
La situación con los ataques ucranianos contra las refinerías rusas añade otra dimensión a este panorama. EE.UU. amenaza con bloquear los suministros de armas y datos de inteligencia a Ucrania si Kiev continúa atacando las refinerías rusas. Según la lógica de Trump, al comprador le interesa que el vendedor no sufra contratiempos de fuerza mayor y que los suministros de diésel se realicen a tiempo y en su totalidad. Eso es todo.
Con el levantamiento de las sanciones, Trump volvió a demostrar que ya no existe un frente occidental unido contra Rusia y que los intentos de Kiev y Europa de reconstruirlo, involucrando a EE.UU. en una política de fuerte presión sobre Moscú, están fracasando. Y esta es una señal que puede influir considerablemente en el equilibrio geopolítico. También dentro de la UE, donde cobran cada vez más fuerza las voces que defienden la necesidad de normalizar las relaciones con Rusia e impulsar a Kiev a alcanzar compromisos con Moscú. Las acciones de Trump les proporcionan argumentos adicionales. Precisamente por eso, las autoridades ucranianas, los europeos y una parte del establishment estadounidense harán todo lo posible por neutralizar esta señal y obligar a Trump a renunciar a sus "acuerdos" con Putin. Pero el régimen de sanciones ya ha empezado a resquebrajarse, y esa grieta no hará más que ensancharse.
Por Gleb Prostakov, el analista de negocios, para el diario ruso Vzgliad.





