La tortuga Jonathan, que habita en la remota isla de Santa Elena en el Atlántico Sur, donde terminó su vida en el exilio el emperador Napoleón Bonaparte, es oficialmente el animal terrestre más longevo del mundo. Con 194 años, superó la esperanza de vida de una tortuga gigante de Aldabra ('Aldabrachelys gigantea') en aproximadamente un siglo.
Y, ahora, un equipo de científicos estadounidenses de la Fundación Kallel y colegas de Vanderbilt Health han descifrado el genoma y el epigenoma de esta especie, cuya esperanza de vida en promedio ronda los 80 años, con una máxima de 96, indica un comunicado del centro de estudios médicos Vanderbilt Health.
El secreto de Jonathan tiene que ver con la entropía, la tendencia de los sistemas biológicos a desordenarse con el tiempo. Es que una de las características distintivas del envejecimiento es la disfunción mitocondrial, que se produce por el aumento de la entropía o desorden en los interruptores genéticos que regulan la eficiencia de las mitocondrias, los orgánulos productores de energía en la mayoría de las células animales. Un suministro fiable de energía celular es esencial para muchos procesos biológicos.
A pesar de su avanzada edad, Jonathan, de alguna manera, logró evitar los estragos del envejecimiento. Mediante un minucioso análisis de su genoma, los investigadores descubrieron que los promotores de los genes implicados en la producción de energía mitocondrial conservaban un ordenamiento sorprendentemente juvenil. En este sentido, era como si hubiera nacido hacía poco.
Lo fundamental está en las marcas epigenéticas, concretamente, en los patrones de metilación, que suelen volverse caóticos con la edad (aumento en la entropía de metilación). En los promotores de los genes de función mitocondrial de Jonathan, este caos es casi inexistente, de hecho, su patrón es similar al observado en una tortuga de cinco años y significativamente diferente al observado en ejemplares de 91 años, según los resultados del estudio publicados el 7 de octubre en la revista Science Advances.
Los hallazgos sugieren que sería posible proteger las mitocondrias de las consecuencias de envejecimiento que se derivan de una expresión génica desordenada, prolongando así la esperanza de vida saludable en los seres humanos, lo que se conoce como 'longevidad saludable', de acuerdo con el coautor del trabajo Stephen Clark.


