Estados Unidos, Dinamarca y Groenlandia firmaron un nuevo acuerdo para ampliar la actividad militar estadounidense en la isla. Washington considera a Groenlandia una pieza clave para su seguridad, pero una mayor presencia militar también reaviva una vieja cuestión: ¿qué riesgos asume la isla ártica a cambio?
El acuerdo se sustenta en una cooperación en materia de defensa que se remonta a 1951, una relación que incluye un episodio que puso de manifiesto los peligros de la estrategia estadounidense durante la Guerra Fría: una misión aérea sobre Groenlandia que terminó en un desastre nuclear.
Las patrullas nucleares sobre Groenlandia
En la década de 1960, la Fuerza Aérea de Estados Unidos puso en marcha la operación 'Chrome Dome' ('Cúpula Cromada'), que mantenía bombarderos equipados con armas nucleares en alerta permanente, listos para atacar a la Unión Soviética si era necesario. Quienes hayan visto la película 'Dr. Strangelove' recordarán que la tripulación del mayor T. J. 'King' Kong participaba precisamente en una misión de ese tipo.
En teoría, la estrategia tenía sentido: impedía que la URSS pudiera neutralizar el arsenal estadounidense con un solo golpe. Sin embargo, en la práctica, a medida que aumentaba el número de vuelos con armas nucleares, también se multiplicaban los incidentes relacionados con estas.
El entonces secretario de Defensa, Robert McNamara, defendía la cancelación del programa. Argumentaba que Estados Unidos ya disponía de sistemas eficaces de alerta temprana para detectar lanzamientos de misiles balísticos, por lo que podía reducir riesgos y ahorrar costes. Sin embargo, el Mando Aéreo Estratégico (SAC) se oponía, temiendo perder relevancia y sufrir recortes presupuestarios.
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En 1966 ocurrió un grave accidente sobre España cuando un bombardero colisionó con un avión cisterna durante una operación de repostaje. El choque causó varias muertes y provocó la caída de bombas nucleares en playas españolas y en el mar Mediterráneo. Pese a ello, Washington seguía considerando la amenaza soviética una prioridad absoluta que justificaba prácticamente cualquier medida de seguridad.
Finalmente, tras intensos debates, se alcanzó un compromiso: se reduciría el número de bombarderos en patrulla, pero las misiones aéreas continuarían.
La base aérea de Thule, en el norte de Groenlandia, había sido establecida en los años cincuenta. Aunque los mapas de proyección de Mercator distorsionan las distancias, su ubicación era ideal para lanzar misiles contra la URSS y vigilar posibles lanzamientos soviéticos. Además, ofrecía una posición privilegiada para observar el polígono nuclear de Nóvaya Zemliá.
Por ello, el SAC construyó allí una importante instalación militar. El nombre hacía referencia al término antiguo 'Ultima Thule', que denominaba a cualquier isla mítica situada en los confines del mundo conocido. La base albergaba bombarderos, aviones de reconocimiento, radares, emplazamientos de misiles y sistemas de alerta temprana. En su momento de máxima actividad llegó a contar con unos 10.000 efectivos.
Además, Estados Unidos desarrolló el secreto proyecto 'Iceworm' ('Gusano de hielo'), cuyo objetivo era construir una extensa red de lanzadores nucleares ocultos en túneles bajo el hielo. Puede decirse que Groenlandia terminó profundamente militarizada.
Siete hombres, cuatro bombas de hidrógeno y un incendio en el cielo
El 21 de enero de 1968, un bombardero B-52 despegó con cuatro bombas termonucleares de potencia megatónica a bordo. Había partido desde Nueva York para realizar una misión de vigilancia visual del sistema de alerta nuclear.
La tripulación habitual estaba compuesta por cinco personas, pero en esa ocasión también viajaban un tercer piloto y un navegante suplente. Al principio todo transcurrió con normalidad, hasta que intervino el factor humano.
El tercer piloto, el mayor Alfred d'Amario, llevó consigo varios cojines de espuma recubiertos de tela para hacer más cómodo el vuelo. Los colocó debajo del asiento del navegante instructor antes de relevar temporalmente al copiloto Leonard Svitenko, que se retiró a descansar. Los cojines permanecieron allí.
Poco después, los pilotos abrieron una válvula que desviaba aire caliente del motor hacia el sistema de calefacción. El problema era que el calefactor estaba averiado y comenzó a alcanzar temperaturas peligrosamente altas.
En un momento dado, la tripulación percibió olor a goma quemada en la cabina. Mientras intentaban localizar el origen, ya se había declarado el fuego a bordo. El navegante encontró las llamas e intentó sofocarlas con dos extintores, sin éxito.
El capitán Haug, comandante de la aeronave, solicitó un aterrizaje de emergencia en Thule. Para entonces, todos los extintores se habían agotado y el incendio seguía propagándose. El humo era tan denso que los tripulantes apenas podían verse entre sí. Cuando el avión se aproximaba a la base, Haug ordenó abandonar la aeronave.
De los siete miembros de la tripulación, seis lograron eyectarse con relativa seguridad. El copiloto Leonard Svitenko sufrió heridas mortales en la cabeza mientras intentaba escapar. Haug y d’Amario aterrizaron dentro del perímetro de la base. De inmediato se organizó una operación de búsqueda para localizar al resto de la tripulación. Groenlandia estaba sumida en la noche polar y las condiciones meteorológicas eran extremas.
Jens Zinglersen, representante del Departamento Real de Comercio de Groenlandia, facilitó enormemente las labores de rescate al contactar con residentes inuit, que organizaron equipos de trineos tirados por perros. Gracias a esos esfuerzos conjuntos, otros tres aviadores fueron encontrados rápidamente a menos de dos kilómetros y medio del complejo.

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El artillero Calvin Snapp tuvo menos suerte: fue el primero en eyectarse y cayó a casi diez kilómetros, con temperaturas cercanas a los -30 °C. Envuelto en su paracaídas, esperó durante 21 horas hasta que un equipo de rescate logró encontrarlo. Contra todo pronóstico, seguía con vida, aunque sufría una grave hipotermia. Pero lo peor aún estaba por ocurrir.
El bombardero, que seguía volando hacia el norte envuelto en llamas, terminó estrellándose sobre el hielo a unos 12 kilómetros al oeste de la base. Todavía transportaba una gran cantidad de combustible, que se incendió al impactar. Los explosivos convencionales de las bombas detonaron, derritiendo parcialmente el hielo y dispersando material radiactivo por toda la zona.
Había además un problema político de enorme magnitud. Groenlandia pertenecía a Dinamarca, país que había declarado todo su territorio libre de armas nucleares. Sin embargo, un bombardero cargado con este tipo de armamento acababa de estrellarse allí. La población danesa desconocía que fragmentos radiactivos habían quedado esparcidos por el lugar.
El Gobierno danés emitió rápidamente un comunicado afirmando que el avión no se encontraba en el espacio aéreo groenlandés y que solo había entrado en él debido a la emergencia. Aquella versión era falsa, pero sirvió para encubrir la situación. Estados Unidos se encontraba ante una crisis que exigía una solución urgente.
Limpiar un desastre nuclear en la noche ártica
La operación de descontaminación recibió el nombre de proyecto 'Crested Ice' ('Hielo Crestado'), conocido de forma extraoficial como proyecto 'Doctor Freezelove'. Fue dirigida por el general Richard Overton Hunziker, veterano de la Segunda Guerra Mundial. Científicos, especialistas nucleares y miles de militares fueron enviados a Groenlandia con una misión clara: retirar el material radiactivo antes de la primavera, cuando el hielo contaminado podría desplazarse hacia el océano.
Las condiciones eran extremadamente difíciles. La noche polar traía fuertes vientos y temperaturas gélidas. Los elementos radiactivos quedaron dispersos en un área de aproximadamente 1,6 por 4,8 kilómetros. En el centro había un agujero de 50 metros de diámetro abierto en el hielo. Desde el aire se veía claramente una enorme mancha ennegrecida de unos 670 por 120 metros contaminada con uranio y plutonio.
Estados Unidos llegó a sugerir a las autoridades danesas que simplemente esperaran al deshielo primaveral para que todo terminara hundiéndose en las aguas del Ártico. Dinamarca reaccionó con indignación. Washington recibió un ultimátum: limpiar el desastre o cerrar la base de Thule y abandonar territorio danés.
Hunziker y su equipo realizaron una labor extraordinaria: construyeron una pequeña ciudad sobre el hielo, equipada con iglús, una central eléctrica, una pista de aterrizaje, un centro de comunicaciones y una instalación de descontaminación. Una carretera helada la conectaba con la base aérea.
Miles de personas trabajaron bajo focos de gran potencia cortando el hielo contaminado, cargándolo en vehículos y trasladándolo a depósitos donde era embalado en contenedores para enviarlo a Estados Unidos. Los fragmentos más grandes se recogían manualmente, pero algunos restos eran tan pequeños como una batería. Las zonas contaminadas se localizaban con simples contadores Geiger.
Los trabajadores disponían de una protección mínima: la mayoría utilizaba únicamente la ropa habitual para expediciones en el Ártico.
A mediados de septiembre de 1968, la operación fue declarada oficialmente concluida. En ella participaron unos 1.700 daneses y 700 estadounidenses.
Aunque el accidente evidenció las consecuencias de una conducta imprudente e irresponsable, quienes trabajaron en la descontaminación —afrontando temperaturas extremas y recogiendo residuos radiactivos prácticamente a mano— realizaron una tarea extraordinaria que con el tiempo quedó casi olvidada.

Lo que el hielo no pudo ocultar
Se estima que se recuperó alrededor del 93 % del material radiactivo, aunque parte de los restos quedó en el fondo marino. Una de las bombas de hidrógeno probablemente se hundió junto con otros fragmentos del aparato. Los intentos por localizarla mediante sumergibles no tuvieron éxito.
En las décadas de 1980 y 1990 estalló un escándalo. Trabajadores daneses que participaron en las labores de limpieza emprendieron acciones legales contra el Gobierno estadounidense. Aunque perdieron el caso, lograron que se desclasificaran numerosos documentos.
Investigaciones posteriores revelaron que la mortalidad por cáncer entre los trabajadores daneses implicados en la descontaminación era aproximadamente una vez y media superior a la registrada en la población general. También salió a la luz que el seguimiento médico realizado tras el accidente había sido insuficiente. Finalmente, las autoridades concluyeron que la exposición a la radiación no había sido significativa y no encontraron pruebas de una relación directa entre el aumento de los casos de cáncer y el accidente de 1968.
También surgió una fuerte polémica sobre el papel de los primeros ministros daneses Jens Otto Krag y H. C. Hansen. Krag sostuvo que desconocía que aviones con armas nucleares sobrevolaran Groenlandia. Sin embargo, documentos estadounidenses desclasificados indicaban que el Gobierno danés estaba plenamente informado. En cuanto a Hansen, fue quien autorizó en secreto el uso de la base de Thule como parte del escudo nuclear estadounidense. Para entonces, ambos dirigentes ya habían fallecido y no pudieron responder a las acusaciones.
Tras el accidente, la operación 'Cúpula Cromada' fue cancelada oficialmente. Era el segundo desastre nuclear en apenas tres años, algo excesivo incluso para los sectores más partidarios de una política de confrontación. Además, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética disponían ya de grandes arsenales de misiles, lo que hacía que las patrullas de bombarderos parecieran cada vez más obsoletas.
Por último, ambos países iniciaron una nueva etapa de distensión y desarrollaron protocolos para gestionar incidentes relacionados con armas nucleares. Aunque esas medidas no ayudaron a quienes enfermaron o murieron de cáncer tras el accidente de Groenlandia, sí contribuyeron a reducir significativamente el riesgo de que una tragedia similar volviera a repetirse.
Por Yevgueni Norin, periodista e historiador ruso especializado en guerras y conflictos en el espacio postsoviético

