El debate que se ha desarrollado en los últimos días en torno a la cuestión del desarrollo de la inteligencia artificial (IA) es un motivo serio para reflexionar sobre la influencia que ejerce sobre nosotros. Sin embargo, lo verdaderamente fundamental no es el revuelo que ahora han provocado los gobernantes estadounidenses y los oligarcas de la industria, sino la posición única que ocupa la IA en la historia de las relaciones entre el ser humano y sus invenciones.
Lo importante es que la IA no es una mente, sino un espejo. No existe por sí misma, sino que simplemente "imita" el pensamiento humano. Y refleja todo lo bueno y lo malo que hemos acumulado dentro de nosotros. Por eso la IA, a diferencia de la rueda, la imprenta, el motor de combustión interna o el reactor nuclear, no puede existir separada del ser humano: expresándolo en términos marxistas, no es "enajenable" de él.
No cabe duda de que una cantidad increíble de los datos que generamos cada segundo pasa a disposición de los monopolios tecnológicos. Precisamente, esto ha dado origen a la leyenda de que la era de la IA conduce a la "cancelación del ser humano", al que supuestamente ahora le están arrebatando su propia personalidad. Pero la máquina, o más exactamente sus creadores y propietarios, necesitan constantemente al productor de esos datos. Y las soluciones, imágenes y textos creados por la IA están estrechamente vinculados con nuestros pensamientos y sentimientos, con la manera en que el ser humano ha asimilado los conocimientos adquiridos a lo largo de toda la historia.
Por eso, este proceso en sí mismo no es motivo para hablar seriamente de la "cancelación" del ser humano como principal creador de la realidad que nos rodea. Si hablamos de la vida internacional, tampoco hay muchos motivos para pensar seriamente que los países más débiles, precisamente debido a la difusión de la IA, caigan bajo la dependencia de quienes controlan, por ejemplo, la infraestructura de almacenamiento y procesamiento de datos. La política siempre domina sobre la técnica, y la decisión de caer o no en dependencia de alguien se toma en el ámbito político, no en el técnico.
Las monarquías del golfo Pérsico deciden desarrollar infraestructura estadounidense para la IA porque ven en ella nuevas bases militares de EE.UU., supuestamente capaces de proteger a sus aliados de ataques por parte de Irán o Israel. O si algún gobierno del espacio postsoviético primero decide acercarse a Occidente o a China, y después construye en su territorio centros de procesamiento de datos pertenecientes a empresas extranjeras.
El espejo de la civilización
Repitámoslo: la IA es un espejo, una tecnología que, gracias a su escala y a su penetración, nos permite ver problemas que se han ido acumulando durante años. Precisamente, por eso, la IA resultó ser la primera tecnología de la historia cuyo desarrollo explosivo y difusión masiva hicieron evidente la crisis de valores y de cualquier referente cultural. Mucho más de lo que, por ejemplo, lo hizo la invención de la imprenta, gracias a la cual también aumentó millones de veces la escala de difusión de las tonterías. Y, desde luego, en este sentido, la IA como tecnología es más importante que el motor de combustión interna o la reacción nuclear.
Con la aparición de las armas nucleares, al principio, fueron percibidas simplemente como un arma convencional, solo que más poderosa. Y el miedo al exterminio mutuo surgido en la segunda mitad del siglo XX creó además la ilusión de que los políticos de Occidente tenían principios morales que les impedían desencadenar otra guerra mundial.
En cierto sentido, la IA se ha convertido en una conciencia colectiva artificial de la humanidad. Gracias a sus creaciones, la profundidad de la degradación moral de la que es capaz el ser humano se vuelve más que evidente. Las inocentes "ilustraciones para colorear" de Donald Trump, las noticias y las redes sociales que atraen a los lectores con imágenes falsas de catástrofes y tragedias humanas: todo ello nos recuerda constantemente hasta qué punto a veces se devalúan la palabra y la opinión, y qué productos de baja calidad estamos dispuestos a consumir.
No solo es veneno, sino también antídoto
La propia naturaleza de la tecnología de IA hace visible la crisis de valores como nunca antes, y al mismo tiempo, crea un espacio para debatirla ampliamente. En otras palabras, nos encontramos ante un fenómeno que, quizá incluso en mayor medida que la invención de la imprenta, representa no solo un "veneno", sino también un "antídoto".
Por varias razones. En primer lugar, porque por fin crea la posibilidad de contemplar la dimensión humana del progreso técnico. Al fin y al cabo, el motor de un automóvil o un reactor nuclear no conversaban con nosotros, mientras que los libros durante mucho tiempo pasaron al menos por algún tipo de censura destinada a detectar información falsa o simplemente una calidad deficiente.
Todos los demás inventos fundamentales de la ciencia han impulsado el progreso a lo largo de la historia, pero no han reflejado hasta dónde nos ha llevado ese progreso en el momento actual. La IA da motivos para preguntarnos por primera vez si avanzar por el camino de los logros tecnológicos es un bien incuestionable.
Antes, por supuesto, estos pensamientos también surgían de vez en cuando: por ejemplo, con la invención de los gases venenosos o de la televisión. Sin embargo, se dejaban rápidamente de lado, y las consecuencias negativas de los avances científicos y técnicos quedaban eclipsadas por los beneficios que aportaban a la humanidad. La IA no permite hacer esto, porque envía constantemente, y con una intensidad creciente, señales de alarma.
En segundo lugar, puesto que la IA es un "espejo de la civilización", precisamente su difusión nos permite ver manifestaciones de la crisis ética presentes, en mayor o menor grado, en todas las sociedades contemporáneas. Por razones objetivas, Occidente ocupa aquí el primer lugar. Pero, prácticamente, ninguna de las demás sociedades está libre de los vicios que la red neuronal nos permite ver de manera especialmente vívida. Lo que se denomina "neurobasura" —todo tipo de productos visuales y textuales de la más baja calidad— tiene autores en todo el mundo, y Rusia no es una excepción.
No es casualidad que las disputas en torno a la IA sean, en realidad, debates sobre problemas que llevan mucho tiempo acumulándose en las sociedades y en las relaciones internacionales. Simplemente, la IA creó las condiciones para que se manifestaran con claridad. Así, por ejemplo, en el ámbito creativo, la destrucción de los derechos de autor, el plagio y la enorme cantidad de productos impresos de baja calidad se volvieron especialmente agudos cuando la red neuronal fue puesta al servicio de estos vicios.
Y, a una escala completamente distinta, la difusión de la IA permitió ver el estado de las cosas en la política internacional: el intento de EE.UU. de utilizar la IA como medio para preservar su dominio mostró instantáneamente a todos que la idea de la "independencia" de Internet es una peligrosa ilusión.
En tercer lugar, precisamente la IA y las tecnologías relacionadas con ella crean una cantidad increíble de posibilidades para debatir sobre el estado de la moral pública, cuyo exponente es la crisis de confianza en la IA. Ante todo, porque los Estados están razonablemente preocupados por las consecuencias de la difusión de la IA para las mentes y los bolsillos de los ciudadanos. Esto conduce a debates sobre por qué y cómo debe regularse este ámbito mediante la legislación.
Además, los Estados ven en la IA otro espacio de competencia, en el que está en juego lo que se denomina "soberanía digital": la capacidad de controlar de manera independiente sus tecnologías, sus datos y la infraestructura necesaria para ello. El ámbito de la IA se está convirtiendo en un terreno de lucha política, lo que favorece enormemente las disputas y el enfrentamiento entre distintos puntos de vista. Y esto, a su vez, es beneficioso no solo para la vida pública en general, sino también en el contexto del debate sobre la propia "problemática de la IA".
100 años de erosión de los valores y los sentidos
A mediados del siglo pasado, se nos dieron las armas nucleares. Su poder destructivo condujo a la creación de un sistema en el que las potencias militares más fuertes se abstuvieron de entrar en conflicto directo entre sí.
Puede gustarnos o no la manera en que se desarrolla la política internacional y la injusticia y las guerras que persisten en ella. Sin embargo, la existencia de enormes arsenales nucleares en Rusia, EE.UU. y China crea unas condiciones en las que un conflicto entre ellos es destructivo para todo el mundo y solo podría convertirse en una escalada incontrolada.
Ahora, en cambio, el ser humano dispone de la IA para que la humanidad pueda ver toda la magnitud del problema del declive cultural y la destrucción de las normas éticas. En la "neurobasura" se perciben con mayor claridad la erosión de los sistemas de valores y sentidos que cobró fuerza durante los últimos 100 años, la devaluación de la opinión de los expertos en todos los niveles, la destrucción del espacio cultural y la disminución del valor de la creatividad en favor del consumo.
Por esto hay motivos para pensar que la era de la IA se convertirá en el comienzo de una recuperación gradual de la dimensión ética de la vida. Tanto en el ámbito interno de las sociedades como en el internacional.
Por Timoféi Bordachiov, director de programa del Club Internacional de Debates Valdái, para el diario ruso Vzgliad.