La política de presión sobre Teherán que EE.UU. mantiene desde 1979 ha fracasado, según Nate Swanson, exdirector para Irán en el Consejo de Seguridad Nacional, quien señala en un artículo que Washington tendrá que revisar radicalmente su estrategia.
Desde 1979, la política estadounidense hacia la República Islámica se ha basado en dos tipos de presión: militar y económica. La primera partía de la premisa de que Teherán, ante la amenaza de una operación militar de parte de Washington, acabaría haciendo concesiones debido al desequilibrio de fuerzas. Sin embargo, el conflicto de 2026 demostró que Washington tiene una capacidad limitada para derrotarlo militarmente, sostiene Swanson.

La segunda vertiente de la estrategia —la presión económica— también resultó ineficaz.
"Algunas sanciones, como las destinadas a limitar la capacidad de Teherán para vender petróleo, han tenido un profundo impacto en la economía iraní. Pero, en su mayoría, no han logrado provocar los cambios políticos que pretendían impulsar", indicó.
Además, la República Islámica ha demostrado que puede trasladar el coste económico del conflicto a EE.UU. y a la economía mundial, mediante el control del estrecho de Ormuz y los ataques a infraestructuras energéticas de los países del golfo Pérsico. "En lugar de ceder ante la presión, la historia reciente sugiere que Irán utilizará sus programas de misiles y drones para imponer elevados costes económicos a la economía mundial —ya sea en el estrecho de Ormuz o contra los países del Golfo— y volver a modificar el cálculo de riesgos de Trump", afirmó.
¿Cuál será la estrategia de EE.UU. en el futuro?
"La guerra podría y debería obligar a realizar una revisión más amplia de 47 años de estrategia fallida y cambiar para siempre el enfoque de Washington", considera Swanson.
Sin embargo, todavía no está claro sobre qué principios se asentará la nueva política de EE.UU. en Oriente Medio. La incertidumbre se debe a que ni siquiera dentro de la Administración Trump existe consenso sobre la futura política hacia Irán. El secretario de Estado, Marco Rubio, ha sugerido que prefiere ampliar la estrategia de presión, y a principios de agosto declaró que el régimen iraní "debe cambiar" fundamentalmente y que EE.UU. debería seguir elevando "el precio" de la intransigencia.

Muchos expertos señalan las limitadas posibilidades de EE.UU. para organizar un "Día D" contra Teherán. "Ya se llevó a cabo una campaña de máxima presión, así que la pregunta es cuál es el objetivo final de la Administración. [...] Tendrían que generar tensiones políticas con países como China y Turquía, y no veo que tengan prisa por hacerlo", comentó Danny Citrinowicz, exanalista sobre Irán de la inteligencia militar israelí.
Esos países desempeñarían un papel clave en la evasión de las restricciones impuestas por Washington.
El vicepresidente J.D. Vance, por el contrario, parece partidario de reducir la participación de EE.UU. en el conflicto contra Irán y en Oriente Medio en general, un enfoque similar a la política aplicada en Afganistán. Sin embargo, Irán es "un país del que resulta más difícil retirarse", teniendo en cuenta sus recursos de petróleo y gas y su control sobre el estrecho de Ormuz, argumentó Swanson.
En cualquier caso, la nueva estrategia de la Casa Blanca debería basarse en el reconocimiento de que el equilibrio de poder en la región ha cambiado. Washington tendrá que admitir que "durante más de 20 años, una presencia significativa de EE.UU. en la región no ha aportado estabilidad, y aumentar esa presencia tampoco ha producido mejores resultados", así como que "la República Islámica debe tener voz y voto en lo que suceda a continuación en Irán", concluyó.



