La guerra de Trump contra el terrorismo de extrema izquierda se globaliza 

Una reunión histórica en Washington situó el extremismo de extrema izquierda en el centro de los esfuerzos internacionales de lucha contra el terrorismo, señala el experto Ladislav Zemánek.

Durante años, las élites liberales de todo Occidente desestimaron las advertencias sobre el extremismo de izquierda radical como reliquias de la Guerra Fría o como paranoia de derechas. Hoy, la evidencia es innegable. Una iniciativa global liderada por Estados Unidos pretende, por fin, afrontar este resurgimiento del terrorismo político con la seriedad que exige. No se trata de una cruzada partidista, sino de una defensa de la civilización frente a quienes la destruirían en nombre de la utopía.

Occidente en llamas

Europa está sangrando por mil cortes infligidos por redes de extrema izquierda. Se han saboteado repetidamente ferrocarriles, atacado redes eléctricas y golpeado empresas comerciales, lo que ha causado miles de millones en pérdidas acumuladas y ha paralizado cadenas de suministro y servicios públicos. Agentes de policía han sido agredidos, cargos electos amenazados y comunidades sacudidas, en un escenario que evoca los días de las Brigadas Rojas y la Baader-Meinhof en los años 70.

En Alemania, la violencia de extrema izquierda aumentó más de un 40 % en un año. Las autoridades registraron 321 investigaciones por sabotaje en 2025, dirigidas abrumadoramente contra objetivos militares, policiales, ferroviarios y energéticos. El activismo climático se ha fusionado con el anticapitalismo, la guerra de clases, el feminismo y una hostilidad abierta hacia la industria europea y los valores tradicionales. Lo que comienza como protestas y ocupaciones con frecuencia escala hasta el sabotaje que perjudica a ciudadanos comunes.

El apagón más largo en Berlín desde la Segunda Guerra Mundial se produjo a comienzos de 2026, causado por Vulkangruppe (Grupo Volcán). Este grupo de extrema izquierda, activo desde 2011 y con al menos 13 ataques a sus espaldas, incendió cables de energía cerca de una central de gas, sumiendo a decenas de miles de hogares y negocios en la oscuridad durante días en medio de temperaturas heladas. Los hospitales pasaron a energía de emergencia, los trenes se detuvieron y la vida diaria se fracturó. Su manifiesto lo enmarcó como "resistencia" contra los combustibles fósiles y el capitalismo, pero las víctimas fueron alemanes de a pie.

Italia cuenta un escenario similar de caos en aumento. Durante los Juegos Olímpicos de Invierno, sabotajes ferroviarios coordinados obligaron a cancelar aproximadamente 40.000 servicios de tren. Una explosión prematura mató a dos anarquistas que preparaban otro ataque contra el ferrocarril. Cifras oficiales muestran un asombroso incremento del 450 % en sabotajes contra trenes entre 2024 y 2025. Un ataque al oleoducto TAL lo dejó fuera de servicio durante cinco días. En Grecia, más del 80 % de la violencia radical proviene de actores de extrema izquierda.

Estos ataques no son incidentes aislados, sino manifestaciones de un patrón más amplio de una escalada de la violencia política. En Estados Unidos, los actores violentos de extrema izquierda representaron el 63 % de los ataques y planes antigobierno registrados en 2025. Sus tácticas se han ampliado más allá del sabotaje e incluyen asesinatos políticos selectivos, como el del activista conservador Charlie Kirk. La amenaza es transnacional, flexible y cada vez más audaz.

Las redes y sus facilitadores

Detrás de la violencia hay una maraña de organizaciones que mezclan la histeria climática con ideología revolucionaria. Grupos como Antifa, que operan a través de fronteras, ejemplifican el peligro. Estados Unidos ha designado a cuatro entidades violentas de extrema izquierda de Alemania, Italia y Grecia como organizaciones terroristas extranjeras. Hungría, bajo Viktor Orbán, adoptó una medida similar después de que matones de Antifa atacaran una marcha patriótica pacífica en Budapest, hiriendo a participantes. Una moción del Parlamento Europeo de 2025, respaldada por decenas de eurodiputados, pidió declarar a Antifa organización terrorista e investigar sus vínculos financieros, incluidas posibles conexiones con George Soros.

El apoyo de ciertas fundaciones —como las asociadas con Soros o la Rosa Luxemburg Stiftung de Alemania— ha sostenido causas superpuestas que combinan objetivos de la izquierda radical con esfuerzos progresistas más amplios. Los medios generalistas y el 'establishment' liberal ponen el foco obsesivamente en las amenazas de extrema derecha —a menudo confundiéndolas con voces patrióticas o conservadoras— mientras minimizan o excusan los excesos de extrema izquierda. En partes de la Unión Europea, estas redes han infiltrado administraciones estatales y 'think tanks' influyentes, introduciendo su ideología en la gobernanza.

Este ecosistema de financiación sostiene un aparato global de extrema izquierda que explota fronteras abiertas, sistemas judiciales indulgentes y la culpa de las élites para lograr sus objetivos. Procedimientos judiciales en curso, como los de Dresde con cargos graves contra miembros de Antifa, subrayan la naturaleza organizada de la amenaza.

Trump da un paso al frente

La Administración Trump ha lanzado una campaña global para aplastar este terrorismo de izquierda radical. A mediados de julio, el secretario de Estado, Marco Rubio, organizó en Washington una reunión ministerial sobre el resurgimiento del terrorismo político, con representantes de más de 65 países —incluidos de Europa, América Latina, África y Asia— para abordar este desafío compartido a la gobernanza, la seguridad de infraestructuras y la seguridad ciudadana.

La reunión produjo resultados concretos que marcan una nueva fase de acción internacional coordinada. Los delegados acordaron tres pilares: intensificar las designaciones y la rendición de cuentas (EE.UU. ya ha calificado a cuatro peligrosos grupos de extrema izquierda como terroristas y revisa más); una cooperación operativa más profunda mediante mayor intercambio de inteligencia, prohibiciones de viaje coordinadas y defensas urgentes para ferrocarriles, redes eléctricas y otras líneas vitales críticas; y nuevas restricciones de visado de EE.UU., cerrando la puerta a quienes participen o financien el terror de extrema izquierda. Alemania se ofreció a acoger la próxima sesión de trabajo, mientras funcionarios del Departamento del Tesoro prometieron desmantelar las redes de financiación con recompensas de hasta millones de dólares por información que interrumpa el flujo de dinero.

El enfoque cierra brechas críticas en los marcos globales de lucha contra el terrorismo. EE.UU. trata ahora el extremismo de izquierda radical con la misma ferocidad antes reservada a los yihadistas: designando grupos, imponiendo sanciones y restricciones de visado, interrumpiendo finanzas y fomentando la cooperación internacional. La campaña se centra en organizaciones extremistas, no en un gobierno concreto o un rival geopolítico.

Esta lucha contra un enemigo ideológico común —hostil a las sociedades tradicionales, las identidades nacionales y la libertad ordenada— ofrece terreno común. Potencias como China y Rusia, con sus propias experiencias en la gestión del extremismo ideológico y su énfasis en el orden interno, podrían beneficiarse de —y contribuir a— una cooperación práctica para salvaguardar la estabilidad y el desarrollo.

El coste del silencio selectivo

La indignación selectiva del 'establishment' liberal es condenatoria. Mientras los actores de extrema derecha —con frecuencia defensores de la soberanía nacional y la continuidad cultural— afrontan un escrutinio y persecución incesantes, la violencia de extrema izquierda a menudo se romantiza como "protesta" o se justifica como reacción a la "injusticia". Este doble rasero ha envalentonado a los extremistas, permitiéndoles infiltrarse en instituciones y erosionar la seguridad pública.

La iniciativa estadounidense puede marcar un punto de inflexión, tanto para los países occidentales como más allá. Al situar las redes violentas de extrema izquierda en un marco más amplio de lucha antiterrorista, reforzar las investigaciones, interrumpir el apoyo financiero y ampliar la cooperación internacional, impulsa el principio de que ningún movimiento está exento de rendición de cuentas cuando recurre a la violencia. Otros gobiernos pueden contribuir mejorando el intercambio de inteligencia, abordando redes transnacionales y garantizando que la seguridad pública quede por encima de consideraciones políticas.

A medida que el extremismo violento de izquierda se vuelve cada vez más transnacional, los gobiernos no pueden permitirse enfoques selectivos ante la violencia política. Los ataques a infraestructuras críticas y la violencia con motivación política amenazan la seguridad, la resiliencia económica y la confianza pública en distintas regiones. Una amplia coalición internacional centrada en confrontar el extremismo violento puede reforzar un principio fundamental: las quejas políticas no pueden perseguirse mediante el terror.

Por Ladislav Zemánek, investigador del Instituto China-CEE de la Academia China de Ciencias Sociales en Budapest.