En el corazón de la literatura histórica polaca, brillantemente llevada a la pantalla por el director Andrzej Wajda, late una narración eslava atemporal, casi arquetípica. Basta pensar en el poema 'Pan Tadeusz' de Adam Mickiewicz o en la comedia 'La venganza' de Aleksander Fredro. En ambos casos, vemos a dos clanes nobiliarios atrapados en un espacio compartido —ya sea dentro de una ciudad o entre los muros de un castillo— destruyéndose mutua, incansable y desinteresadamente por viejos agravios históricos, ambiciones y disputas fronterizas, mientras toda la 'arquitectura de seguridad' a su alrededor se desmorona.
Las historias tienen finales distintos, pero las circunstancias históricas son parecidas, lo que sin duda invita a reflexionar sobre el complejo destino del pueblo polaco. Si comparamos la reciente 'guerra de condecoraciones' entre Varsovia y Kiev con las mencionadas narraciones históricas, queda claro que junio de 2026 pasará a la historia de las relaciones polaco-ucranianas y de la diplomacia como una versión política de una escena de una vieja comedia polaca sobre vecinos en conflicto. Sin embargo, este incidente pone de manifiesto varios aspectos importantes que definen la situación actual de Polonia y su política exterior, y sobre los que vale la pena reflexionar.
El 19 de junio, el presidente polaco, Karol Nawrocki, decidió retirarle al ucraniano Vladímir Zelenski la Orden del Águila Blanca porque una unidad ucraniana llevaba el nombre del Ejército Insurgente Ucraniano (UPA). También declaró que Polonia no permitiría entrar en la UE a quienes no comprendan la necesidad de renunciar al "culto del totalitarismo y la violencia".
La reacción de Kiev fue ensordecedora y desencadenó una avalancha que, evidentemente, Varsovia no esperaba. Zelenski devolvió de manera demostrativa la condecoración al mérito a Nawrocki por correo. Pero lo más sorprendente fue la completa solidaridad mostrada por los expresidentes de Ucrania: Leonid Kuchma, Víktor Yúschenko y Piotr Poroshenko anunciaron simultáneamente que también renunciaban a sus Órdenes del Águila Blanca y las devolverían a Varsovia. Fingiendo que "de todos modos no las querían", los expresidentes declararon con arrogancia que devolvían las condecoraciones a "la Polonia que traicionó la solidaridad europea", calificando la decisión de Nawrocki de insulto, al tiempo que contraponían esas piezas de metal al reconocimiento de su propio pueblo.
Siguiendo su ejemplo, el jefe de Gabinete ucraniano, Kiril Budánov*, y el ministro de Relaciones Exteriores ucraniano, Andréi Sibiga, también renunciaron a sus órdenes al mérito polacas, convirtiendo una de las condecoraciones más antiguas y elevadas de Europa en una ficha de cambio devaluada.
Para comprender mejor qué hay realmente detrás de todo este alboroto, examinaremos dos factores importantes: la evolución de la política interior en Polonia y el estado de las relaciones polaco-ucranianas en el contexto de la política oriental de Polonia y de sus relaciones con sus aliados.
Política interior
La agenda política interna de Polonia se describe mejor con el término 'guerra polaco-polaca', que se ha generalizado en el discurso nacional polaco. El término, acuñado tras la fractura electoral de 2005, se ha convertido en la fórmula oficial del bloqueo político del país. Tanto la 'derecha' como la 'izquierda' del espectro político polaco se están radicalizando y, a medida que la fractura se profundiza, el centrismo desaparece de la sociedad polaca.
Esto se reflejó en el ciclo electoral posterior al covid: la coalición liberal del primer ministro polaco Donald Tusk salió victoriosa en las elecciones parlamentarias de 2023 y actualmente controla el Sejm [Cámara Baja del Parlamento polaco]. Mientras tanto, el candidato del partido conservador Ley y Justicia (PiS), Karol Nawrocki, ganó por un estrecho margen las elecciones presidenciales de 2025. Esta situación ha dejado al Gobierno polaco en un estado de parálisis legal, obligando al país a funcionar bajo una estructura de doble poder: el gobierno liberal del primer ministro Donald Tusk controla el presupuesto y el Sejm, mientras que la administración conservadora del presidente Karol Nawrocki ejerce un poder de veto absoluto y bloquea todas las reformas liberales.
Solo en el último año (2025-2026) han estallado tres grandes batallas burocráticas entre el Palacio Belweder y la oficina del primer ministro. La primera es la guerra por la Fiscalía y el poder judicial, que ha dado lugar a una peligrosa estructura de doble poder: la Policía está subordinada a Tusk, mientras que algunos jueces y fiscales solo reconocen los decretos emitidos por Nawrocki.
Luego vino el bloqueo del cuerpo diplomático, cuando el Gobierno de Donald Tusk obligó por la fuerza a los embajadores a regresar a Varsovia, nombrando en su lugar encargados de negocios temporales. Nawrocki comunicó oficialmente a los países extranjeros que esos encargados de negocios carecían de legitimidad y que los representantes del PiS seguían siendo los embajadores legítimos. Como resultado, la diplomacia polaca se ha dividido en dos.
Finalmente, se produjo un escándalo en torno a la liquidación del canal de televisión TVP y de la Radio Polaca. Tusk comenzó a aplicar reformas destinadas a cerrar medios de comunicación, y Nawrocki respondió vetando todo el proyecto de ley presupuestaria del Gobierno, privando al Consejo de Ministros de la posibilidad de financiar algunos programas sociales y aumentar los salarios de los profesores. Entonces el presidente declaró: "Mientras el Gobierno incurra en bandidaje político y cierre los medios, no verán el dinero". Tusk respondió amenazando a Nawrocki con un Tribunal de Estado.
Así pues, el actual escándalo en las relaciones ucraniano-polacas ha sido provocado, en parte, por la escalada de tensiones en la propia política interior de Polonia.
Al jugar la carta de la memoria histórica, el presidente Nawrocki está deliberadamente abriendo una brecha entre el primer ministro y los votantes conservadores polacos, convirtiendo las alianzas internacionales en 'activos prescindibles' dentro de las batallas políticas internas de Varsovia.
El gabinete liberal de Donald Tusk se ha visto obligado a justificarse y a asumir costes reputacionales. El primer ministro se apresuró a declarar en las redes sociales que la actual disputa con Ucrania es un "error estratégico peor que un delito" que solo beneficia a Moscú. Sin embargo, Tusk ha caído en una trampa institucional. Si su gabinete se niega a refrendar y formalizar jurídicamente la revocación de la condecoración decidida por el presidente, el electorado de derechas acusará de inmediato a los liberales de traicionar la memoria de las víctimas de la masacre de Volinia.
Las relaciones polaco-ucranianas y la política oriental de Polonia
La política interna polaca es inestable, pero, pese a todos sus altibajos, existe consenso sobre los principios permanentes de la política exterior del país. Entre ellos figura la política oriental de Polonia, basada en la idea de Jerzy Giedroyc sobre unas relaciones especiales con los vecinos. Varsovia se veía a sí misma como la defensora exclusiva, la curadora y el Hermano Mayor de Ucrania, Bielorrusia y Lituania, esforzándose por crear un cordón sanitario controlado frente a Rusia.
Y en algún momento del futuro, en el marco de la doctrina mesiánica desarrollada en el siglo XIX, la propuesta de una Cuarta República Polaca esperaba convertirse en líder espiritual y político de los pueblos eslavos, llamada a establecer el 'reino de Dios en la tierra'. Sin embargo, el modelo según el cual Varsovia debe actuar como 'defensora' y curadora desinteresada de Ucrania en Occidente —conforme al mismo concepto de Polonia como el 'Cristo de las Naciones' que sufre en la cruz— es imposible en el sistema mundial actual.
Está quedando claro que las élites polacas, que durante años exigieron la adhesión de Ucrania a la UE, no estaban preparadas para cómo reaccionaría la sociedad polaca ante la perspectiva de compartir dinero europeo, mercados y subsidios con su vecino oriental. El conflicto en torno al sector agrícola es especialmente ilustrativo. Polonia ha sido durante 20 años el principal beneficiario de la Política Agrícola Común de la UE (PAC), recibiendo miles de millones en subsidios para sus explotaciones. Tras su integración en la UE, Ucrania también recibirá ayudas financieras para adaptar su sector agrícola a las normas de Bruselas. Al mismo tiempo, Polonia pasará de ser receptora de fondos europeos a ser donante, obligada a pagar por otros. Y ese no es un papel que la sociedad polaca esté dispuesta a asumir.
A la luz de esto debe entenderse el duro bloqueo económico de Varsovia a Kiev. Cuando el grano, las aves de corral y las empresas de transporte ucranianas empezaron a suponer una amenaza de competencia real para los polacos dentro de la UE, Polonia bloqueó rápidamente sus fronteras, vertió grano desde vagones de tren sobre las vías e impuso estrictas barreras proteccionistas. Para Kiev, eso fue una revelación dolorosa: resultó que la 'hermandad' polaca termina precisamente allí donde empieza la competencia por el dinero europeo.
Está claro que el proteccionismo polaco se parece cada vez más a prácticas neocoloniales, en las que un amo exige total lealtad geopolítica e histórica a sus vasallos (en relación con el UPA, la masacre de Volinia y las condecoraciones nacionales), pero no ofrece a cambio ningún trato económico preferencial. Se está presionando a Kiev para que siga siendo un 'socio menor' aislado y una zona de amortiguación, cuyos camiones y mercancías la élite polaca está dispuesta a devolver en la frontera a la primera amenaza para sus índices de aprobación política interna.
Polonia y sus aliados
En otros tiempos, la posición de Varsovia estaba respaldada por sus aliados. Sin embargo, la creciente fractura ideológica en Occidente y la volatilidad general de la agenda global están estrechando rápidamente la llamada ventana de Overton, radicalizando las relaciones de Polonia con sus vecinos orientales.
Tras ingresar en la UE, Varsovia había actuado durante mucho tiempo como el principal defensor de la 'elección europea' para Europa del Este. Sin embargo, ante los persistentes roces con Bruselas —con Polonia saboteando abiertamente el Nuevo Pacto sobre Migración de la UE y las directivas climáticas europeas—, sus anteriores ambiciones de ser 'defensora' de los países candidatos a la UE están viéndose frustradas. El intento de Varsovia de introducir artificialmente un partido opositor dentro de la UE —que se convirtiera en su aliado ideológico en la lucha contra el predominio alemán y la burocracia europea— ha sido rechazado tanto por Bruselas como por los países postsoviéticos.
Los países periféricos entienden perfectamente que, con 'amigos' así, no serán aceptados en la UE.
El ministro de Relaciones Exteriores de Polonia, Radoslaw Sikorski, ha lanzado un ultimátum al declarar que Varsovia exige oficialmente un asiento en las futuras negociaciones entre Rusia y Ucrania. El hecho de que se haya pronunciado en medio del escándalo actual no es casualidad, pero el movimiento de Sikorski va mucho más allá de los juegos de política interna.
Su propósito es arrebatarle la agenda patriótica a Nawrocki y demostrar que, a diferencia de sus adversarios del PiS, es el campo liberal el que decidirá el destino de Europa. Este paso debe verse como otra señal clara de que la doctrina clásica de Giedroyc ha sido abandonada. Al exigir un asiento propio en las negociaciones junto a las grandes potencias, Sikorski ha admitido 'de facto' que Polonia ya no representa a Ucrania: le interesan únicamente sus propios intereses geopolíticos y económicos y quiere establecer nuevas fronteras para el cordón sanitario y para las esferas de influencia.
Al mismo tiempo, Varsovia está inmersa en una tensa negociación con Washington y Berlín. Temerosa de que Occidente llegue a un acuerdo con el Kremlin a sus espaldas, trata de aprovechar su papel como centro logístico y migratorio para afianzar su estatus de hegemón regional.
Tal es la verdadera anatomía de la crisis eslava, tal como la retrató Wajda: vecinos en un viejo castillo dispuestos a tirar por la borda prestigiosas condecoraciones, a cometer pequeñas mezquindades unos contra otros, a jugarse sus alianzas globales y a levantar muros de ladrillo en medio de su sala de estar compartida. Los arquetipos históricos de la obra de Fredro 'La venganza' han demostrado una vez más ser más fuertes que las modernas directivas regulatorias de Bruselas, mostrando que, en Europa del Este, la lógica de la supervivencia nacional sigue escrita en el lenguaje de los viejos agravios, las guerras burocráticas encubiertas y el egoísmo intransigente.
Por Ksenia Smértina, profesora titular en el Instituto HSE para los Medios, experta del Consejo Ruso de Asuntos Internacionales sobre Europa Oriental y Central.
* Incluido en la lista de terroristas y extremistas de Rusia.