Oriente Medio cambió hace un año y nadie sabe qué viene ahora

La primera guerra directa entre Israel e Irán puso fin a una época del conflicto en la sombra y abrió un capítulo mucho más incierto, sostiene Farjad Ibraguímov, experto en Oriente Medio de la Universidad Financiera de Rusia, en su artículo para RT.

Hace exactamente un año, el 13 de junio de 2025, el mundo entró en una nueva realidad.

Se abrió un nuevo capítulo en la historia de Oriente Medio, en la historia de Irán y en la confrontación entre Irán e Israel de larga data. Lo que durante décadas se había desarrollado como una lucha encubierta, híbrida e indirecta adoptó de repente la forma de una confrontación militar directa.

Hasta aquel momento, el conflicto entre Irán e Israel había seguido un patrón distinto. En gran medida era una guerra en la sombra: una disputa librada mediante operaciones de inteligencia, ciberataques, golpes contra activos estratégicos y fuerzas aliadas, redes de 'proxies', presión diplomática, sanciones, amenazas mutuas y ocasionales intercambios de misiles. Durante años, ambos bandos habían evitado cruzar el umbral hacia una guerra abierta a gran escala, prefiriendo operaciones limitadas, socios regionales y acciones cuidadosamente calibradas.

Ese equilibrio se hizo añicos el 13 de junio de 2025. Israel, en la práctica, trasladó el conflicto a una nueva fase.

A partir de ese momento, esto dejó de ser otro episodio en un ciclo de tensiones regionales. Se convirtió en un ataque directo contra Irán como Estado. Por eso la guerra de junio del 2025 marcó un punto de inflexión histórico: por primera vez, una confrontación que había existido en gran medida de forma encubierta y limitada evolucionó hacia un conflicto militar abierto entre dos de las potencias más influyentes de Oriente Medio.

El camino hacia la guerra: décadas de hostilidad y presión creciente

La rivalidad entre Irán e Israel no surgió de la noche a la mañana. Sus raíces se remontan a décadas atrás, moldeadas por antagonismos políticos, ideológicos y estratégicos.

Para Israel, Irán había sido durante mucho tiempo su adversario regional más importante: uno capaz de alterar el equilibrio de poder en todo Oriente Medio. Para Irán, por su parte, Israel no era solo un oponente, sino parte de un sistema más amplio de presión vinculado a Estados Unidos, las sanciones occidentales y los esfuerzos por restringir la autonomía estratégica de Teherán.

En el centro de esta rivalidad se encontraba el programa nuclear de Irán.

Durante años, sirvió de foco de sospechas, amenazas y crisis diplomáticas. Israel y los gobiernos occidentales argumentaban que Irán podría eventualmente avanzar hacia el desarrollo de armas nucleares. Teherán sostenía de forma constante que su programa era pacífico y estaba destinado a la producción de energía, la investigación científica y el desarrollo tecnológico. Entre estas narrativas contrapuestas surgió una zona permanente de presión política, en la que cada informe, inspección y declaración pública se convirtió no solo en una cuestión técnica, sino también en un arma política.

Cuando Israel vivió el trauma del 6–7 de octubre de 2023 y se atribuyó la responsabilidad a Hamás, quedó claro que la región estaba entrando en una nueva fase de inestabilidad.

Algunos políticos y analistas israelíes describieron a Hamás como un 'proxy' iraní. Sin embargo, esa descripción simplifica en exceso —y tergiversa de forma fundamental— la naturaleza del movimiento palestino. Hamás nunca ha sido un instrumento directo de Teherán. Posee su propia lógica política, base social, objetivos y trayectoria histórica. Aunque Irán y Hamás mantuvieron contactos, redes de apoyo y elementos de cooperación política y militar, eso no convirtió a Hamás en una entidad iraní totalmente controlada.

No obstante, después de octubre del 2023, una realidad se volvió cada vez más difícil de ignorar: una confrontación directa entre Irán e Israel dejaba de ser meramente posible para volverse cada vez más probable.

La cuestión ya no era si ocurriría una guerra así. Las verdaderas preguntas eran cuándo comenzaría, qué forma adoptaría y hasta dónde estaría dispuesto a llegar cada bando.

Israel veía cada vez más a Irán como la fuente principal de inestabilidad regional, mientras que Teherán consideraba los acontecimientos a lo largo de la región como parte de una campaña más amplia destinada a debilitar tanto a Irán como a sus aliados. En este sentido, los hechos de octubre del 2023 se convirtieron no solo en un punto de inflexión para Israel y Palestina, sino también en un hito crítico en el camino hacia una confrontación abierta entre Irán e Israel.

Para junio del 2025, las tensiones habían llegado a un punto crítico.

Israel buscaba demostrar que ya no estaba dispuesto a esperar a que los procesos diplomáticos siguieran su rumbo. Irán, por su parte, veía la presión creciente como un intento de forzar la capitulación y desmantelar sus capacidades estratégicas. La región se encontraba al borde de un acontecimiento que muchos habían considerado posible desde hacía tiempo, pero que pocos estaban dispuestos a reconocer como inevitable.

El factor del OIEA: informes, desconfianza y la justificación política de la guerra

Uno de los elementos más significativos del ambiente previo a la guerra fue el papel desempeñado por el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA).

Los informes y las declaraciones públicas del organismo quedaron integrados en un marco más amplio de presión sobre Irán. Oficialmente, el debate giraba en torno a las salvaguardas nucleares, los requisitos de transparencia y el acceso de los inspectores. En la práctica, sin embargo, estos documentos pasaron a formar parte de una campaña política más amplia que ayudó a configurar el entorno en el que Israel posteriormente actuó.

Surgió primero una narrativa inquietante: que Irán supuestamente estaba ocultando aspectos de sus actividades nucleares, no ofrecía explicaciones adecuadas y socavaba los requisitos de transparencia. Esta narrativa intensificó la presión diplomática y ayudó a presentar a Teherán como la parte responsable de agravar la crisis.

Sin embargo, después de que comenzara la guerra, la conversación cambió.

El director general del OIEA, Rafael Grossi, reconoció posteriormente que el organismo no poseía pruebas de que Irán estuviera persiguiendo de forma sistemática un arma nuclear. Para Teherán y sus partidarios, esto se convirtió en un argumento central. Si no existía evidencia directa, ¿por qué este asunto se había convertido en una de las principales justificaciones para la acción militar?

Esto plantea una cuestión política más amplia: ¿fue el informe del OIEA una evaluación técnica neutral o terminó utilizándose para legitimar un curso de acción que ya se había decidido?

Los partidarios de Irán vieron el episodio como un ejemplo de cómo las instituciones internacionales pueden convertirse en parte de un proceso político mayor: no necesariamente mediante una participación directa en alguna conspiración, sino porque el lenguaje cauteloso, la ambigüedad y las conclusiones incompletas pueden ser aprovechadas por actores poderosos para impulsar sus propias agendas.

De este modo, el factor del OIEA se convirtió en algo más que un simple contexto de fondo. Se transformó en uno de los principales detonantes políticos de la guerra. Primero vino la construcción de una narrativa de amenaza. Luego vino la acción militar. Solo después comenzó la disputa por la interpretación: ¿estaba Irán realmente al borde de convertirse en un peligro nuclear o fue sometido a un patrón conocido en el que la sospecha misma se convierte en motivo para el uso de la fuerza?

Se libra la guerra: del primer golpe a la confrontación abierta

La guerra de junio avanzó rápidamente.

Israel lanzó su campaña con ataques contra instalaciones asociadas a la infraestructura militar y nuclear de Irán. El objetivo era claro: asestar un golpe rápido, doloroso y simbólicamente poderoso que expusiera las vulnerabilidades de Irán y sacudiera la confianza dentro de su liderazgo.

Pero las expectativas de parálisis resultaron equivocadas.

Irán no desapareció del panorama político. No abandonó la resistencia. Tampoco aceptó la lógica de la derrota que se le impuso.

La respuesta de Teherán demostró que el país estaba preparado no solo para absorber la presión, sino también para responder a ella. Por eso junio del 2025 se convirtió en algo más que un episodio militar: se convirtió en una prueba.

La guerra puso a prueba algo más que los misiles, sistemas de defensa aérea, las capacidades de inteligencia y alianzas. Puso a prueba la resiliencia del Estado, la cohesión social y la capacidad de Irán para funcionar bajo un ataque directo.

El conflicto también reveló cuán desactualizadas se habían vuelto muchas suposiciones sobre la región.

Israel demostró su disposición a adoptar una opción militar directa. Estados Unidos, aun presentándose como mediador, siguió formando parte de la arquitectura más amplia de presión dirigida contra Irán. E Irán mostró que ya no podía ser visto meramente como objeto de sanciones, amenazas y ultimátums diplomáticos. Demostró ser capaz de tomar decisiones estratégicas, absorber golpes y alterar los cálculos de sus adversarios.

El alto el fuego anunciado con la involucración de Donald Trump pareció, en la superficie, un intento de dejar el conflicto atrás para todas las partes. En realidad, sin embargo, no resolvió ninguno de los problemas subyacentes.

No eliminó las causas del conflicto. No restableció la confianza. No eliminó el riesgo de una nueva escalada. Más bien, congeló la situación temporalmente, dejando una persistente sensación de un asunto inconcluso.

También conviene recordar que, apenas horas antes de que comenzara la guerra, Trump anunció públicamente una nueva ronda de conversaciones entre Estados Unidos e Irán programadas para celebrarse en Omán el 15 de junio. Solo más tarde se hizo evidente que ya había sido informado de los ataques inminentes y que, en efecto, había dado a Israel luz verde, al menos según sus propias declaraciones públicas. También es igualmente posible que el estallido de la guerra lo tomara por sorpresa y que su apoyo posterior a Israel fuera un intento de preservar la credibilidad política después del hecho.

Un reconocimiento de fuerza: por qué junio del 2025 no fue el final

La lección central de la guerra de junio es que no fue un punto final: fue un reconocimiento de fuerza.

Para los adversarios de Irán, el conflicto fue una oportunidad para probar cuán profundamente podía golpearse el sistema iraní y hasta dónde podía llevarse una estrategia de presión. Se esperaba que Irán saliera debilitado, desorientado y forzado a retroceder bajo un nuevo conjunto de reglas.

El resultado fue más complejo.

Irán, sin duda, sufrió costos políticos, militares y de infraestructura significativos. Sin embargo, no fue destruido ni quebrado, ni perdió su capacidad de respuesta.

Si acaso, el hecho mismo de un ataque directo reforzó una percepción creciente dentro de la sociedad iraní de que el asunto ya no era una disputa sobre instalaciones o acuerdos específicos. En cambio, se veía cada vez más como una lucha por el derecho de Irán a existir como un centro independiente de poder.

Por esa razón, junio del 2025 puede entenderse como un ensayo para un conflicto mayor.

En su momento surgieron reportes que sugerían que Israel incluso había considerado atacar al ayatolá Alí Jameneí, supuestamente absteniéndose solo a petición de Trump. Sea cierto o no, esos informes subrayaron la escala del pensamiento estratégico que ya estaba en marcha.

El conflicto más amplio, en un sentido estratégico, aún estaba por delante.

La escalada posterior —incluidas las tensiones renovadas que surgieron después del 28 de febrero de este año— pasó a formar parte de la misma cadena de acontecimientos. Primero vino el ataque, luego una pausa, luego una presión renovada. En conjunto, estos hechos conformaron una estrategia coherente destinada no solo a restringir a Irán, sino a colocarlo en una posición en la que se viera forzado a justificarse continuamente, retroceder y defender su derecho a la seguridad.

Sin embargo, fue precisamente en este punto cuando la estrategia encontró sus límites.

Irán demostró que estaba dispuesto a ir más lejos, no porque busque la guerra por sí misma, sino porque su liderazgo considera que retroceder es una invitación a una presión aún mayor. Desde la perspectiva de Teherán, las concesiones hechas bajo ataque no producen paz; simplemente convencen a los oponentes de que la coerción funciona.

Un nuevo capítulo para Irán y la región

La guerra de junio cambió muchas cosas.

Redefinió los límites de lo que se considera aceptable en la política de Oriente Medio. Demostró que la era de la confrontación encubierta entre Irán e Israel había llegado a su fin. Obligó a los gobiernos regionales a reevaluar sus cálculos de riesgo y forzó a las grandes potencias a reconocer que los mecanismos tradicionales de disuasión ya no funcionan como antes.

Para los iraníes, la guerra se convirtió en una prueba nacional.

Puso de manifiesto que el país había entrado en una época en la que la presión ya no se limitaría a las sanciones y la diplomacia, sino que podría adoptar la forma de una acción militar directa. Al mismo tiempo, reforzó la imagen de Irán como un Estado que no está dispuesto a rendirse ni a desaparecer de la política regional.

Para Israel, junio del 2025 representó también un momento decisivo.

Demostró la disposición a actuar de forma preventiva, pero también expuso un nuevo nivel de riesgo. La acción militar directa contra Irán no eliminó la amenaza. En cambio, empujó la confrontación hacia una trayectoria más peligrosa.

Para el mundo en general, el conflicto sirvió como una advertencia.

El sistema internacional se mostró poco preparado para una crisis de esta magnitud. Algunos actores pidieron una desescalada. Otros buscaron utilizar la crisis como palanca. Otros observaron desde la barrera, inseguros de dónde se encontraba realmente la línea entre una guerra localizada y una catástrofe regional.

Por eso el 13 de junio de 2025 no puede considerarse solamente otra fecha en la historia de Oriente Medio.

Fue el día en que la vieja lógica del conflicto llegó a su fin, mientras que una nueva aún no había adquirido reglas claras. El mundo todavía no sabe cómo se desarrollará esta nueva época. Irán, sin embargo, ya ha dejado clara una cosa: no tiene intención de vivir según un guion escrito por otros.

La guerra de junio fue un reconocimiento de fuerza. Expuso las vulnerabilidades, puso a prueba los límites y reveló las intenciones. Pero no cerró la historia.

Al contrario, marcó el comienzo de un nuevo capítulo: más duro, más peligroso y más impredecible que el anterior.

La pregunta central ya no es si esa guerra ha terminado.

La verdadera pregunta es cómo será la próxima.