Especialistas de los hospitales Sant Joan de Déu y el Clínic de Barcelona realizaron con éxito una operación pionera en Europa a un feto de 28 semanas de gestación y 700 gramos en el vientre de su madre, recoge El País.
La cirugía, aplicada previamente en contadas ocasiones en Colombia y Estados Unidos, se utilizó para tratar un caso de gastrosquisis, una anomalía congénita que provoca que los intestinos y otros órganos del feto se desarrollen fuera del abdomen por un cierre incompleto de la pared abdominal.
La falta de protección de los intestinos frente al líquido amniótico genera inflamación, restricción del flujo sanguíneo y riesgo de muerte celular, lo que compromete gravemente la salud del bebé al nacer.
Según explicó Eduard Gratacós, director de BCNatal, el área de medicina maternofetal y neonatología integrado por el Sant Joan de Déu y el Clínic, que lideró el hito médico, "este caso era tan grave que el bebé corría un riesgo muy elevado de perder gran parte del intestino si esperábamos al nacimiento".
Un procedimiento complejo
"Primero, hay que inyectar toxina botulínica en la pared abdominal del feto para relajar la musculatura. Esto es muy importante porque la pared abdominal tiene una presión y si no está relajada, puede dificultar la reintroducción del intestino si este está muy dilatado o hay mucho contenido fuera, como era este caso", explicó Josep María Martínez, jefe de Medicina Fetal de BCNatal.
Después de dos semanas, tras lograr la relajación abdominal del feto, se inició la etapa quirúrgica bajo anestesia materno-fetal. Martínez destaca que relajar el útero es indispensable, al igual que anestesiar al feto para prevenir alteraciones hemodinámicas y asegurar su tolerancia al estrés quirúrgico.
Para realizar la laparoscopia, una técnica quirúrgica de mínima invasión que permite examinar y operar el interior del abdomen y la pelvis utilizando pequeñas incisiones, se alcanzó el útero después de haber rotado el feto para exponer la zona afectada.
Seguidamente, se perforó la membrana amniótica para drenar el líquido y llenar la bolsa de gas, creando una burbuja que garantizara la visibilidad. Esto permitió a los cirujanos introducir el intestino hacia la cavidad abdominal a través del hueco de un centímetro, que más tarde cerraron.
Engañar a la naturaleza
La cirugía evitó que el recién nacido desarrollara el síndrome del intestino corto, una patología que lo habría condenado a depender de soporte nutricional intravenoso prolongado o a someterse a un trasplante intestinal.
El paciente nació a las 34 semanas de gestación mediante cesárea, con una evolución óptima que le permite ser alimentado de forma normal.
Según el doctor Gratacós, la intervención fetal evitó un escenario clínico crítico, comprometiendo gravemente la calidad de vida del paciente y su entorno familiar. "Se trata de engañar a la naturaleza para que el feto no se entere de que lo están operando", sostuvo.



