La guerra de EE.UU. e Israel contra Irán en 2026 no fue un conflicto interestatal ordinario, sino una confrontación multidimensional que se desarrolló en las esferas militar, económica, cibernética, psicológica, cognitiva, mediática y geopolítica, sostiene Mohammad Reza Deshiri, decano de la Universidad de Relaciones Internacionales del Ministerio de Asuntos Exteriores de Irán.
Según Deshiri, el conflicto "aceleró los cambios estructurales en el sistema internacional" y puso en cuestión el paradigma de la "superioridad absoluta" estadounidense. Considera también que esa guerra se convirtió en "uno de los giros geopolíticos más significativos del comienzo del siglo XXI".
A diferencia de las guerras tradicionales —señala el autor del artículo—, ese conflicto fue una compleja confrontación híbrida, un choque entre dos lógicas estratégicas: la estadounidense‑israelí, movida por la sed de dominación, y la iraní, basada en la soberanía.
"La guerra no solo cambió el equilibrio de poder regional. También aceleró transformaciones estructurales más amplias en el sistema global, incluido el declive de la unipolaridad, la aparición de la multipolaridad, el auge de la disuasión asimétrica y el uso cada vez más extendido de las herramientas económicas e informativas como armas", afirma.
"La guerra demostró que el éxito o el fracaso en un conflicto moderno dependen no solo de los resultados en el campo de batalla, sino también de la capacidad de moldear narrativas"
El carácter multidimensional de la guerra moderna
El conflicto ya no se limita exclusivamente al ámbito militar, sino que se extiende a los sistemas económicos, la ciberinfraestructura, los ecosistemas mediáticos, las operaciones psicológicas y la percepción cognitiva. "La guerra demostró que el éxito o el fracaso en un conflicto moderno dependen no solo de los resultados en el campo de batalla, sino también de la capacidad de moldear narrativas, influir en la percepción, alterar el funcionamiento de los sistemas financieros y gestionar la resiliencia de la sociedad", subraya Deshiri.
Dos lógicas enfrentadas
Sostiene además que esta guerra puso de manifiesto la diferencia fundamental entre dos estrategias opuestas: dominio frente a supervivencia.
"Estados Unidos y sus aliados aplicaron una estrategia orientada a transformaciones coercitivas y al colapso político. Irán, por el contrario, veía el conflicto como una lucha por su existencia. Esta asimetría en la percepción estratégica determinó el curso de la guerra y, en última instancia, contribuyó al fracaso de los objetivos basados en la búsqueda del dominio", señala.
El capital social como recurso estratégico
La cohesión nacional, la identidad colectiva, la confianza política y la solidaridad social se han convertido en factores clave de resiliencia. En Irán, la unidad interna actuó como un multiplicador de fuerza que ayudó al país a resistir la presión, afirma Deshiri. "La cohesión social redujo la vulnerabilidad frente a las acciones desestabilizadoras y reforzó la continuidad institucional en condiciones de crisis", añade.
El experto destaca además que la apuesta de Teherán por "sus propias capacidades, estructuras de defensa descentralizadas y tecnologías militares de bajo coste" demostró una alta eficacia. "Los sistemas más baratos pueden imponer una carga económica y estratégica desproporcionada a adversarios tecnológicamente más avanzados", explica.
Logros estratégicos de Irán
Según el decano de la universidad iraní, Teherán logró preservar la continuidad política e institucional. Los intentos de desestabilización no derribaron el aparato estatal, al tiempo que se consolidó un sistema de disuasión de múltiples niveles —militar, cibernético, naval, de misiles, cognitivo y de alianzas— que transformó la disuasión de un esquema puramente militar a un mecanismo complejo con dimensiones económicas e informativas.
Otro logro: el estrecho de Ormuz se convirtió en un activo estratégico central. El control sobre este cuello de botella de los flujos energéticos globales reforzó la influencia de Irán a nivel regional y mundial. Por último, más allá de los efectos materiales, el conflicto fortaleció la identidad nacional y la cohesión social, y consolidó la imagen de la República Islámica como un actor civilizatorio con fundamentos culturales, históricos y normativos propios.
Escenarios futuros
- Disuasión mutua y estable: sin un conflicto directo a gran escala. La competencia persiste, pero la escalada se contiene.
- Tensión gestionada: rivalidad estructurada, crisis contenidas mediante canales de comunicación y diplomacia selectiva.
- Conflictos híbridos y por poderes: confrontación indirecta a través de actores no estatales, operaciones en el ciberespacio, presiones económicas y guerra informativa.
- Interacción diplomática frágil: acuerdos limitados, vulnerables por la desconfianza mutua y las cambiantes condiciones políticas.
- Orden regional multipolar: transformación a largo plazo hacia un Oriente Medio multipolar, con equilibrios estratégicos, alianzas fragmentadas y combinaciones variables de competencia y cooperación.
Punto de inflexión
Deshiri subraya que la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán en 2026 marcó un punto de inflexión en la política internacional. El conflicto evidenció los límites de la superioridad militar tradicional, la creciente importancia de la disuasión asimétrica y el papel central de la resiliencia social, la geografía y la guerra cognitiva en las guerras contemporáneas.
El conflicto aceleró el declive de la unipolaridad y reforzó la transición hacia un orden internacional multipolar. También demostró cómo el entorno de seguridad actual se configura a partir de una interacción compleja entre el poder militar, las estructuras económicas, los sistemas de información y la capacidad de resistencia de las sociedades, concluye el experto.