La competencia entre EE.UU, y China por la supremacía de sus modelos de inteligencia artificial avanzada supone un punto de inflexión para Washington, que se embarcó en esa carrera arrastrando desafíos internos y externos que no están del todo bajo su control, como la falta de armonía entre sus leyes estatales y federales en la materia o las políticas europeas relativas a la IA.
Un análisis publicado esta jornada por Axios precisa que estos factores "están cargados de implicaciones políticas y dinámicas delicadas, y todos ellos ayudarán a determinar si EE.UU. continúa liderando el mundo en inteligencia artificial avanzada".
El panorama no es sencillo. Líderes del sector en el país norteamericano han admitido que esa tecnología "es tan importante que requiere cooperación global" y que no pueden prescindir de Pekín, aun bajo el riesgo de que el gigante asiático "esté robando tecnología estadounidense o no esté alineada con los valores" de la Casa Blanca.
Entre la cooperación y la competencia
La IA "trasciende muchos de los problemas comerciales tradicionales o predominantes", valoró Chris Lehane, vicepresidente de asuntos globales de OpenAI, en una conversación con periodistas en Washington que tuvo lugar esta semana, mientras el presidente Donald Trump visitaba China. Así, en su criterio, "existe la oportunidad de empezar a construir algo a nivel mundial y de que países de todo el mundo, incluida China, puedan participar".
En paralelo con esa realidad, los funcionarios estadounidenses deben lidiar con una competencia sin cuartel que, no obstante, les obliga a entablar conversaciones sobre seguridad con el resto de los líderes globales en IA. Además, deben decidir si su tecnología de vanguardia incursionará en el mercado chino. Hasta ahora, no hay consenso.
El secretario del Tesoro de EE.UU., Scott Bessent, declaró esta semana a CNBC que los dos países eventualmente establecerán algún protocolo de seguridad de la IA, aunque condicionó esa posibilidad a la preeminencia estadounidense en ese sector, lo que no pareciera estar garantizado ahora mismo.
Un análisis realizado por el Departamento de Comercio de EE.UU. sobre la última versión profesional de la plataforma DeepSeek, reveló que el desarrollo de ese modelo está apenas ocho meses por detrás de los modelos locales, cuyos desarrolladores están intentando protegerse a toda costa ante la inevitabilidad del ascenso chino.
A ese respecto, Arthropics argumentó en favor de la imposición de controles de exportación más estrictos y por medidas que impidan que la propiedad intelectual de factura estadounidense termine en manos de Pekín, al considerar que estas determinaciones podrían fortalecer el liderazgo de EE.UU. en IA.
¿Fin de las normas incoherentes?
Aguas adentro, la Administración Trump empuja, junto a los gigantes locales de IA y empresas emergentes del ramo, por el establecimiento de un estándar federal, al estimar que las leyes estatales son contradictorias entre sí e impiden de facto el avance de las compañías del sector.
La armonización legislativa puede resultar desafiante en un país como EE.UU., donde rige un sistema político federal en el que las entidades subnacionales gozan de importantes grados de autonomía. El límite, que a menudo puede ser objeto de diatribas judiciales, se establece a partir de lo consagrado en la Constitución y las normas federales.
De momento, la apuesta ha ido en una dirección contraria a la promovida por la Casa Blanca: algunos estados han comenzado a impulsar legislaciones similares y las compañías han mirado con buenos ojos iniciativas como las que se debaten en California y Nueva York, en las que se les exigirían informes de seguridad a los laboratorios encargados del desarrollo de IA.
Desde el punto de vista empresarial, la expectativa es que mientras más estados se pongan de acuerdo para legislar sobre la IA, ello abonaría en el establecimiento de un estándar nacional "de facto", sin tener que esperar los difíciles consensos en Washington. A tales fines, ya distintos 'lobbies' alineados con OpenAI y Arthropic han desembolsado millones de dólares en candidaturas que puedan influir en estas decisiones.
Progresos en vilo
Entretanto, de acuerdo con una reciente encuesta de la Universidad de Pensilvania, solo el 17 % de los estadounidenses considera que la IA impactará positivamente en su país en el transcurso de la próxima década. El desolador resultado pone otro asunto sobre la mesa: el "progreso" de la IA no parece que se compadezca con las expectativas de la gente común y tampoco con los tiempos políticos.
A lo dicho, Axios suma el papel de la legislación sobre IA aprobada por la Unión Europea, que es valorada como restrictiva por las empresas estadounidenses. Concretamente, las compañías acusan a Bruselas de ponerles trabas, al obligarles a cumplir con normas rígidas e imponerles multas, lo que asumen como una limitación a sus deseos de expandirse a otros mercados.
Al mismo tiempo, Bruselas desea convertirse en un polo de atracción para las empresas emergentes de IA y acceder a modelos avanzados de ciberseguridad, como Mythos, de Arthropic. Detrás de este interés estaría la decisión adoptada este mes por el Parlamento europeo, que acordó matizar el alcance de algunas de sus leyes o directamente postergar la entrada en vigor de otras más.