Mucho se hablará en mayo sobre el llamado "triángulo estratégico" de Rusia, China y Estados Unidos.
Se espera que el presidente de EE.UU., Donald Trump, visite primero Pekín, seguido por el viaje del presidente ruso, Vladímir Putin. Siempre que los líderes de las tres potencias más influyentes se reúnen, inevitablemente surgen especulaciones. ¿Y si llegaran a un gran acuerdo? ¿Y si el mundo se vuelve de repente más ordenado?
Tales expectativas son erróneas. La reestructuración del sistema global ya está en marcha, y no es un proceso que pueda ser detenido o revertido por la diplomacia. Aun así, los puntos de inflexión en la historia pueden desarrollarse de diferentes maneras: cuidadosamente gestionados o acelerados de manera imprudente. Eso es lo que hace que las próximas reuniones sean significativas.
Tanto Rusia como Estados Unidos están ahora profundamente involucrados en confrontaciones militares a gran escala. La importancia de estos conflictos no solo radica en su alcance, sino en sus consecuencias más amplias para el sistema internacional. China, por otro lado, ha mantenido históricamente su distancia de tales enredos. Sin embargo, se está volviendo cada vez más evidente en Pekín que no puede permanecer aislada de sus efectos. Las discusiones en la reciente conferencia del Club Valdái en Shanghái sugirieron que China está reevaluando su posición.
En el centro de esta reevaluación hay una pregunta simple: ¿qué, si es que hay algo, todavía es posible en las relaciones con Washington? Durante décadas, el ascenso de China estuvo estrechamente vinculado a su relación económica con Estados Unidos. El acuerdo, a veces descrito como "Chimérica", es decir, capital y tecnología estadounidenses combinados con mano de obra y manufactura chinas, formó la columna vertebral de la globalización. No era una asociación igualitaria, pero resultaba mutuamente beneficiosa. Durante mucho tiempo, parecía que el interés económico básico evitaría que cualquiera de las partes socavara dicha relación.
Esa suposición ha colapsado.
A finales de la década de 2000, la insatisfacción en Washington ya era evidente. Estados Unidos comenzó a ver el acuerdo no como una fuente de ganancias compartidas, sino como un desequilibrio estructural. Con el tiempo, la acumulación de tensiones, económicas y estratégicas, alcanzó un punto donde los ajustes incrementales ya no eran suficientes. Lo que siguió fue un cambio cualitativo en el propio sistema.
Durante varias décadas, el orden global operaba en gran medida en interés de Estados Unidos como líder del bloque occidental. Su erosión gradual ahora amenaza esas ventajas. La respuesta de Washington ha sido usar el actual período de transición para asegurar tanto inicio como sea posible para el futuro.
Donald Trump se ha convertido en el más visible embajador de este enfoque. Su retórica, abiertamente transaccional e incluso ostentosa, puede parecer poco convencional, pero la lógica subyacente lo precede. El objetivo es claro: maximizar las ganancias inmediatas y construir la capacidad nacional lo más rápido posible. Luego, utilizar esa fuerza acumulada para dominar la próxima fase de la competencia global.
Esto representa un marcado cambio respecto a la estrategia estadounidense anterior, que prioritizaba las inversiones a largo plazo en el sistema internacional. Esas inversiones no siempre producían retornos inmediatos, pero reforzaban un marco que, en última instancia, beneficiaba más a Estados Unidos que a nadie más. Hoy, el énfasis se ha desplazado hacia la ventaja a corto plazo, incluso a costa de una inestabilidad a largo plazo.
El éxito de esta estrategia sigue siendo incierto. La fase inicial ya ha producido retrocesos. Pero es poco probable que la dirección más amplia cambie. Las futuras administraciones pueden adoptar un tono diferente, pero operarán dentro de las mismas limitaciones. El orden internacional liberal no volverá, no por la figura de Trump, sino porque las condiciones que lo sostenían ya no existen.
Para otras grandes potencias, incluida China, esto tiene implicaciones profundas. La idea de un "gran acuerdo" integral con Estados Unidos, uno que estabilice el sistema global durante años, se ha vuelto efectivamente irrealista.
El frecuente uso de la palabra "acuerdo" por parte de Trump es revelador. En su vocabulario, es más que un mero concepto estratégico; es uno comercial. Un acuerdo es "grande" no porque sea duradero o abarcador, sino por la magnitud del beneficio inmediato que ofrece. Como cualquier transacción comercial, puede abandonarse si surge una oportunidad más deseable.
En tales condiciones, los acuerdos a largo plazo sobre la estructura del orden mundial son imposibles. Es poco probable que Washington se comprometa a cualquier arreglo que limite su flexibilidad antes de haber asegurado lo que considera una ventaja suficiente.
Esto no es necesariamente un producto de malicia o arrogancia. Es, a su manera, una respuesta racional a un período de extrema incertidumbre. EE.UU. busca preservar las bases de su futura dominación actuando de manera decisiva en el presente. Pero la racionalidad por un lado obliga a la adaptación por el otro.
Si los actores clave concluyen que los acuerdos estables con Washington son inalcanzables, su comportamiento cambia. La capacidad militar se vuelve más importante como salvaguarda contra la presión. Al mismo tiempo, crece el interés en formas alternativas de cooperación. Es decir, marcos que operan independientemente de EE.UU. y están aislados de su influencia.
Esta lógica no es nueva, pero está ganando urgencia. Rusia ha estado abogando por tales arreglos durante varios años. China, por otro lado, se ha acercado a la idea con cautela, esperando preservar alguna forma de relación mutuamente beneficiosa con EE.UU. Esa esperanza ahora parece desvanecerse.
Las próximas visitas a Beijing proporcionarán una indicación útil de hasta dónde ha progresado este cambio.
La reunión entre Trump y Xi probablemente definirá los límites de una posición temporal entre dos potencias que siguen entrelazadas económicamente, pero cada vez más desconfían la una de la otra. La pregunta ya no es si un acuerdo integral es posible, sino qué arreglos estrechos y a corto plazo se pueden alcanzar y cuánto tiempo durarán.
El subsiguientes encuentro de Putin con Xi abordará un tema diferente: hasta qué punto Rusia y China están dispuestas a desarrollar mecanismos de cooperación que eviten por completo a EE.UU. Moscú ha estado avanzando en esta dirección durante algún tiempo. Pekín ahora parece estar considerando si debe seguir ese camino.
Mayo no producirá un gran acuerdo, pero puede mostrar, más claramente que antes, cómo el mundo se está ajustando a la ausencia de uno.
Por Fiódor Lukiánov, redactor en jefe de la revista Rusia en los asuntos globales y director de investigación del Club de Discusión Internacional Valdái.