En la primavera de 1989, un hombre se saltó un control de policía cuando se dirigía a su base de operaciones. Pero no fue una imprudencia: el infractor se creía literalmente invisible consecuencia de las liturgias de un culto en las que había participado.
Sin embargo, los agentes vieron perfectamente su camioneta y la siguieron. Cuando los agentes llegaron a un rancho tras las huellas del individuo, el hallazgo fue aterrador: restos humanos hervidos, incluyendo un cráneo, en el interior de un caldero. Y solo era el comienzo.
Ese descubrimiento casual aquel 11 de abril fue el inicio del fin para Adolfo de Jesús Constanzo, modelo, narcotraficante, asesino en serie y líder de una secta. Una historia que parece tan de ficción que de hecho inspiró dos conocidas películas: Perdita Durango (1997) y Borderland (2007).
El asesinato de un joven estadounidense
Constanzo lideró una secta y un grupo narcotraficante responsable de secuestros, torturas y asesinatos durante varios años, en un eje que giraba entre Ciudad de México y Matamoros.

Sus actividades en territorio mexicano pasaron desapercibidas para las autoridades durante un tiempo hasta que la desaparición de un joven de 21 años, Mark Kilroy, un turista estadounidense, lo puso todo patas arriba.
Las autoridades de Texas presionaron al país latinoamericano y se inició una investigación minuciosa, que, aunque infructuosa, comenzó a dar pistas sobre una serie de asesinatos y otros actos delictivos. No obstante, fue el azar lo que condujo a los policías hasta el caldero y, más tarde, se supo que el cráneo pertenecía al joven texano.
Primeros años bajo la influencia del palo mayombe
Constanzo nació en Miami en 1962. Su madre, cubana, había abandonado la isla a los 15 años embarazada de él. Desde el principio, la progenitora le instruyó a su vástago en el culto del palo mayombe, del que ella era sacerdotisa.
Se trata de una religión afroamericana, originaria de África central, pero extendida en Cuba y llevada a la isla por personas esclavizadas en la época colonial. De acuerdo a ese culto, hay una deidad creadora que interviene en los asuntos humanos y utiliza para sus rituales, entre otros objetos, huesos de animales o humanos.

La infancia y adolescencia de quien se convertiría en un carismático narco transcurrió entre Miami y Puerto Rico, ya vinculado al ocultismo y al tráfico de drogas gracias a uno de sus padrastros y a un sacerdote. Durante esa época, tanto él como su madre fueron arrestados numerosas veces por delitos como robo o vandalismo.
La secta en México
Con 20 años, Constanzo se trasladó a Ciudad de México para iniciar una carrera de modelo y allí comenzó a ganarse la vida leyendo las cartas del tarot. Gracias a su atractivo, carisma y misterio comenzó a forjar un grupo de adeptos, que se convertirían en la base de su culto.
Tanto sus predicciones como sus 'hechizos' de protección corrían de boca en boca e hizo que creciera la fama. Al cabo de poco tiempo acudían a él actores y actrices, personalidades de la política, importantes miembros del mundo del crimen e incluso militares de alto rango.
La base de las liturgias eran los sacrificios animales. Cuanto más grandes estos, más poderosos los resultados. Con el tiempo, Constanzo llegó a asegurar que las ofrendas otorgaban fuerza, invisibilidad e invencibilidad.
Comienza la leyenda de los 'narcosatánicos'
Sus actividades le llevaron a contactar con personalidades como el jefe de la Interpol en México, Florentino Ventura Gutiérrez, en sesiones en las que obtenía información clasificada sobre operativos policiales, que le ayudarían después en sesiones con narcotraficantes.

A los 23 años logró codearse con parte de la cúpula del crimen organizado, gracias a su vínculo con Guillermo Arturo Calzada, un señor de la cocaína de la región. La codicia llevó a que Constanzo y los integrantes de su culto acabaran con la vida de ese narco y sus allegados.
Acabar con el clan de Calzada supuso un botín de dinero en efectivo y cocaína. Además, los cuerpos de los asesinados fueron mutilados y algunos de sus órganos extraídos y utilizados para los rituales de palo mayombe.
Después aprovechando su vínculo con otro clan narco, la familia Hernández, movió su base de operaciones a un rancho en la ciudad de Matamoros, en el estado de Tamaulipas. Allí se exacerbó la cacería. Los adeptos de Constanzo, bajo sus órdenes, le traían a rivales a los que asesinaba y cuyos restos usaba para sus ritos.
El horror que empezó con una calavera
Cuando la Policía llegó accidentalmente hasta el caldero con la cabeza hervida, no podía imaginar que había mucho más. Esposado y sin salida, el narco que les había conducido hasta allí reveló que había cadáveres enterrados en el terreno.
En total se encontraron 15 cuerpos mutilados y con signos de tortura. Las partes cercenadas, así como sus cerebros y algunos órganos habían sido utilizados en rituales.
Casi todos los muertos, de los que tan solo se pudieron identificar 12, eran narcos rivales, mientras que el caso de Kilroy era diferente. El líder de la secta en esa ocasión había ordenado el secuestro de un blanco que hablara inglés para llevar a cabo una ceremonia especial que supuestamente les daría más poderes.
Un final acelerado
Constanzo logró escapar a México junto a algunos de sus más fieles discípulos y se atrincheró en un lujoso departamento. Sin embargo, el cerco se estrechó sobre él rápidamente y un enorme contingente de policía acabó rodeando su residencia.
Tras intentar sembrar la confusión disparando a los agentes y arrojando billetes por la ventana, el líder narco de la secta llegó a la conclusión de que no había salida y se negaba a ser detenido e ingresar en prisión, por lo que dio una última orden.
Pidió a uno de sus incondicionales que le matara a él y a uno de sus adeptos. La demanda fue cumplida y fue el fin de Constanzo, a quien los medios calificaron como el líder de la secta de los 'narcosatánicos'.








